Café a la Luna llena

– A donde nos lleve la Luna – dijiste al quitarte el sujetador, ahí, parada en tu azotea.

Desde nuestro primer encuentro habías llegado como un huracán, tan similar a mi, tan cercana, tan compleja. No me decepcioné de lo que vi debajo de tu innecesaria ropa, al igual que tu personalidad, tus firmes pechos no dudaban en atraerme. Dejé mi tercer café de la noche justo en donde caería mi ropa unos segundos después para acercarme a tu aliento.

No puedo negar el miedo en nuestros cuerpos: dos personas, bailando en una azotea, una noche de Luna llena, no se ve muy seguido. – Quizá haya sido el café – pensé instantáneamente, ya que había salido en repetidas ocasiones contigo, helados, fiestas, pero no se me había ocurrido acercarnos a la Condesa, al café España, con ese Express de tostado canela, lo que finalmente me permitió ver una línea perfectamente depilada entre tus piernas.

Tus encantos escapaban libremente, nada sutiles, pero inadvertidos por tu mente, mientras que yo me derretía, estrella a estrella, por intimidad. Una vez fui a ese café sobre Álvaro Obregón para ver un cortometraje que iban a proyectar, desde ese momento supe que buenas cosas podían salir de una noche entre la decoración del lugar. La plática, el deseo, la noche y nuestro conocimiento del viaje de tu familia durante el fin de semana nos llevó a tu azotea, después de haber platicado de de fuentes, jacuzzi, vino, agua y cuestiones tan mundanas como nosotros.

-Vamos a subir- escuché entre dudas, pensando en que llegaríamos a tu habitación, hasta que declaraste que esperabas que pudiese mantenerte despierta. –Después de todo, para eso tomas café, ¿no? – El cuestionamiento de mi hombría me obligó a llevar el café, entre mis manos,  a mi boca, la cual estaba más ocupada de saborear tus piernas, subiendo escalón a escalón hasta el techo.

Yo no sabía si las estrellas estaban ahí o eras tu la que las generaba, con un movimiento de caderas me obligaste a olvidarme de la ausencia de protección ante los ojos curiosos. Tus manos me acercaron a tu cuerpo un poco más, preparado, para mantenerte despierta.  Entre la curvatura de tu espalda encontré el tatuaje de una Luna, adecuado para el momento. Lentamente, pero con fuerza, nos fundimos en un aquelarre honrando a la noche, a tu viento, a nuestros complejos, a nuestra locura.

Tu Luna subía y bajaba a un ritmo cadencioso, determinado, ahora, por mi placer. Los vecinos ignoraban lo que pasaba sobre sus cabezas, no les importaron los gritos, las frases trilladas, los te amos que significaban algo entre nuestros cuerpos.

Siempre me he sentido una fascinación particular por la atracción que sentimos el uno por el otro. Con mi pelvis moviéndose, estaba seguro que nosotros, en el mismo lugar, al mismo tiempo, estábamos afectando las fuerzas gravitacionales del universo. – Una cuestión de atracción – pensaba mientras el color de la Luna llena y mis instintos, te compartimos.

– Me gustó tu sabor a café, deberías de usarme a mí para mantenerte despierto –  dijiste, segura, como siempre. Nunca te he visto dudar cuando dices este tipo de expresiones, pero tu viaje nos hizo mantener esa propuesta preparada para otra noche de Luna, café y la Ciudad de México.

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