Café solitario

No necesariamente era un encuentro amistoso, era una batalla entre tu personalidad y la mía, entre tus deseos y mi sexo. Estabas ahí, sentada, con la mitad de tu vestido mostrando la parte interior de los muslos, un tocado oscuro y translucido me permitía observar más de lo que querías mostrar. El café de la Cineteca nos había dejado con un mal sabor de boca, por lo cual preparaste uno al llegar a tu casa. Ambos sabemos que la segunda taza de café afloja nuestros instintos.

– Eres transparente para mí – dijiste, barriendo las palabras mientras sacabas lo que restaba del cigarro. Tu mano se extendió hacia mi espacio, con el pitillo entre los dedos. Tomé la figura fálica entre mis labios y aspiré, esperando probar tu boca, tan lejana, tan húmeda. La bocanada de humo bajo por mis pulmones mientras tu mano se dirigía hacia mi pantalón. Los jeans no podían cubrir un bulto que suplicaba salir esperando más que sólo caricias.

Como era costumbre, tu esposo estaba de viaje y nuestro encuentro casual fue provocado más por mi insistencia que por el destino. Elegí ver una película de arte cerca de donde sabía que te encontraría esa noche después de tu trabajo.

Mientras abría tu blusa te dije lo mismo que la noche cuando nos conocimos: -Hay mucha noche y poca vida –. Para provocarte lanzaba el humo sobre tu cuerpo, la luz de la única lámpara encendida le daban a la escena un aura de sensualidad. El tono de tu ropa interior cambiaba debido a la humedad provocada por mi estimulación, el tacto es sabio y recordó trazos y caminos hacia lugares que ni tu esposo ni mis amantes sabían que existían. Nuestros encuentros se basaban en el mutuo entendimiento de nuestros cuerpos, de nuestros placeres.

No negaré lo molesto que fue desnudarte frente a los cuadros de tu esposo, con esa mirada seria, siempre fría. A pesar de ello quería demostrarle la falta de atención hacia tu cuerpo, y parecería que tú también buscabas descargar tu ira ante las imágenes. Tus piernas alrededor de mi cintura pedían mayor profundidad. Nuestra cadencia me obligó a levantarme de la cama y comprobar que no habías aumentado de peso en más de ocho años de no luchar cuerpo a cuerpo. Nuestros ojos abiertos esperaban una explosión – no había necesidad de protección – dijiste antes de iniciar el acto, sin dudarlo accedí.

No esperaba que nuestro orgasmo se uniera al último cigarro de la noche y éste viniera con una sentencia tan cruel por tu parte: – De ti sólo espero sexo, nunca amor –. Así, apagaste el ultimo cigarro de la noche y cerraste la puerta a mis espaldas, en el pasillo el único sonido era el de tu llanto solitario.

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