Café embrujado

Uno de mis placeres más culposos, además de lo obvio, es el Italian Coffe House. De las cadenas masivas, proveedoras de mi dulce elixir, éste es el que mejor prepara el expresso. Casualmente iba pasando por el local de Masaryk cuando mi estómago recordó lo que mi cerebro ya sabía: hacía falta combustible. Sin dudarlo me detuve, un poco mal estacionado y me dediqué a lo mismo de siempre, buscar una historia, mientras esperaba mi bebida caliente.

El ambiente en la terraza me permitió observar a una mujer con un vestido negro, sola y mirando a la luna, la cual apenas mostraba su forma de ojo de gato. Su mirada se clavó repentinamente en mi y como de forma mágica me sugirió acercarme. Su fuerza era tal que olvidé mi café en la mesa y su atracción me sugería la presencia de un ser sobrenatural. -Esta noche harás lo que yo ordene- Dijiste sin perder de vista mis ojos y mientras lanzabas polvos a mi cara.

Lo próximo que recuerdo es un bordado rojo, la última línea de defensa entre mi tacto y tu sudor. Detrás de unas tenues líneas de tela en tu transparente sostén podía ver tus senos susurrantes, pidiendo a gritos que destrozara tus prendas y los besara como si mi vida dependiese de ello. Delicioso manantial, elixir de sudor y de pasión. Mis labios
dejaron tu boca desentendida para acercarse a la piel de tu pecho, mientras que mis dedos se dedicaban a jugar en el interior de tu boca y entre tu cabello largo.

Mientas tanto, la cafetera insistía en emitir el olor de café, listo desde hace ya algunos minutos, aunque no recuerdo que lo hubieses puesto a calentar. El olor fue uno mas de tus embrujos, no solo el del café sino el de tus piernas llamando la atención de mi boca. Tus manos empujaban mi cabello, obligándome a trazar una línea recta entre tu mentón, tu pecho, tu ombligo y tu pubis. La fuerza de tus brazos jalándome hacia tu entrepierna me hacia confundir tu olor con el del café, tu sabor con el del sexo. Era tan fuerte tu impulso que estaba seguro de perder el conocimiento, tu respiración se aceleraba, mientras que mi lengua trataba de alcanzar tu cadencia. La cafetera sonaba tratando de opacar tus gritos, mientras que mi boca se veía inundada, al mismo tiempo en el que perdía el conocimiento.

Me desperté en la mesa del Italian Coffe House, donde creí haberte visto esa noche de luna en Masaryk. Mi cara llena del expresso con crema que había pedido y junto a mi un pedazo del tocado de tu brassiere, probablemente fue sólo brujería de una noche de café, aunque espero volver a verte cuando la Luna lo deseé.

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