Irrumpiendo tras el Café

Rápidamente encontré mi ropa interior en la oscuridad de un cuarto en obra negra. Las paredes grises compartían un poco del sudor de nuestras espaldas. La premura hizo que olvidáramos tu sostén en ese rugoso piso. Salimos con poca ropa y un poco menos de pudor bajo una lluvia que no planeaba detener su caída por dos personas con menos pena que prisa.

Al llegar a mi casa noté los amplios surcos en mi espalda. Tu uñas se habían aferrado profundamente, antes de poder  terminar, exhausto, apoyándote contra una de las tres esquinas invisibles del lugar. Con intensidad y odio, tu clímax no quería esperar. A pesar de ello, los sonidos que provenían de la casa en la que estábamos irrumpiendo disminuían mi atención a tus piernas, alrededor de mi como un cinturón.

Llegamos a ese lugar después de haber sido decepcionados por un café con poco tostado y un cuerpo barato, aunque el precio había sido demasiado alto para esa baja calidad. El lugar estaba ubicado sobre la carretera a Toluca y habíamos llegado ahí por mi insistencia de salir de la ciudad para cerciorarnos de que tu esposo no pudiera, ni remotamente, encontrarnos.

El mal sabor del café nos obligó a acelerar nuestro acercamiento, de alguna manera debíamos de quitarnos de la boca la mala experiencia, nada mejor que el cuerpo para ello. Mi coche,  ya tenía los vidrios empañados por nuestros varios acercamientos, ciertamente indecisos sobre la dirección que tomaría la noche. “Mi fibra moral está escaseando”, dijiste al tomar mi cabeza y acercarla a tu pecho, ya un poco descubierto por la fuerza de la pasión, o el poco auto control que me caracteriza. La primer patrulla que se acercó nos regresó a la realidad del lugar en donde nos encontrábamos, pero era mayor nuestro impulso animal.

El cuarto respiraba nuestro deseo. Debo de confesar que nunca he sabido para que se usa un ligero, pero la combinación de tus piernas, la ropa interior blanca y el liguero fue suficiente para deslizarme entre tus piernas, primero con mi boca y después con algo más. “Así me gusta irrumpir en los lugares cerrados” te dije con la artera intensión del doble sentido, el cual percibiste inmediatamente, mientras tus manos regresaban a jugar entre mis pantalones, deseosos de tocar el piso cuanto antes.

Para la segunda advertencia policial, tu asiento ya estaba recostado. “Si ese asiento hablara…” comenté a tu oído. “Yo lo voy a hacer gritar” juraste y remataste con un susurro: “Y a ti también”, mientras usabas una fuerza innecesaria entre mis piernas, que más que dañarme me incitó a morder tu cuello con fuerza, mientras que un oficial tocaba en mi ventana. Afortunadamente, la experiencia (y alguna buena amiga abogada) me había enseñado a librarme de las implicaciones legales de mis actos en el auto, alegando que no habían daños a la moral. Fue en ese momento cuando decidimos irrumpir en una casa, aparentemente abandonada.

Tras del coito, un tanto interrumpido, entre sonidos, lluvia y uno que otro perro curioso por los gemidos del lugar, te despediste con la ilusión de un reencuentro en un paraje menos agresivo, con menos gris y con la promesa de que si nos encontrábamos en un espacio con las comodidades necesarias podrías hacerme “cosas que sólo habrás visto en las más salvajes películas pornográficas”. Esperaré otro jueves como este….o a que tu esposo salga de la ciudad para tomar un café que valga la pena.

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