Café con aroma a dolor

No acostumbro a disfrutar del olor a café matutino lejos de mi hogar,  dijiste mientras tratabas de ponerte mi camisa, con algunos botones destrozados por la pasión. Estaba sorprendido por la mezcla olfativa emitida de mis sábanas, aún en la oscuridad sabía la combinación de café, sudor, esperma y sangre.  Cuestioné severamente tu comentario, primero por tu manera de amar y segundo, porque no había amanecido aún.

Esperaba no encontrarte en mi cama cuando despertara, no puedo negar que el dormir con alguien a mi lado nunca ha sido mi fuerte. Me gusta mi espacio, aunque sea uno reducido, es mío. A pesar de ello, de mi brazo dormido por el peso de tu cuerpo sobre él y de tu abrazo nocturno, no había olvidado encender la cafetera y regresar al cálido espacio junto a ti. Mi trayecto a la cocina fue casi instantáneo, sin mucha conciencia de lo que estaba haciendo. Al recordarlo lo pienso más como parte de mi sueño y no como un impulso racional. Sé que puedes hacerlo aún más, dijiste al acercarte a mi oído, para después morder mi cuello con ira.

Si no fuera por ese olor a café añejo, quemado, no recordaría que nos conocimos en una vieja cafetería en Donceles, nada espectacular, simplemente era lo único abierto, con luces verdes opacas y tonos magenta sobresaturados. Llevaba tiempo de no encontrar una historia, principalmente por la falta de asistencia a nuevas cafeterías. Esa noche había ya conseguido una, no lo suficientemente digna de narrar a profundidad. Al ver tu mirada sobre mí, asechando, con instinto animal, sabía que la noche iba a continuar después de haberte ofrecido rellenar tu taza: Me atrae tu soledad frente a esa taza vacía, te dije para romper el hielo. Simplemente sonreíste y tomaste la bebida.

No podía escapar ni de tus piernas, ni de tu mirada. La cama no era lo suficientemente amplia para ti, así que usaste sillas, sillones e incluso un pequeño puff que guardo para mis invitados. Todo acabó revuelto, dañado. El placer que sentías con nuestro vaivén lo retribuías con tenues besos e intensas mordidas. Cuando me sentía agotado, usabas el dolor como arma, cerrabas el espacio entre tus piernas, atrapándome, impidiendo mi clímax. Cuando quería separarme, tus uñas y dientes me obligaban a acercarme más a ti. La mezcla de mi sangre y tus fluidos caían primero entre mis piernas y luego a mis sábanas, excepto cuando me obligabas a beber ambos.

Sin dolor no hay placer y no vas a terminar esta noche sin satisfacerme por completo. Fueron palabras que escuchaba entre sueños, entre dormitando cuando sentía tu boca pasando por mi estómago y bajando a mi pubis. Empezabas suavemente, hasta que una vez más sentía la presión de tus dientes sobre mi piel. Una y otra vez escuchaba tus gemidos, tus gritos, tu rugir, me manejabas como un simple juguete, dominado, sin voluntad, sólo lujuria.

No acostumbro a disfrutar del olor a café matutino lejos de mi hogar, te escuché decir cuando salías por mi puerta (¿era mi puerta?) y cuando abriste, logré entrever la luna, sonriendo, esa sonrisa juguetona e invertida y un olor a sangre y café que, quizá, emanaba de mi habitación. Quizá me levanté a preparar un café en la mañana, quizá seguías rondando mi casa, aún cuando ya no estaba tu cuerpo…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s