Café sagrado (Esperando a Fátima)

Esperaba en un café por una amiga, una mujer que suponía dejarse llevar por el olor y el tono de ese café oscuro que le había pedido previamente con intenciones claras y físicas. Llevaba más de 20 minutos observando las figuras religiosas de la tienda de recuerdos. No he hecho del café en la Iglesia de Santa Teresa una tradición, aunque es un espacio tranquilo con una bebida tolerable y amable al paladar.  La casualidad hizo que el contraluz de la Luna mostrara tu silueta. Definitivamente no eras a la persona que esperaba, pero 20 minutos eran más de lo que podía aguantar con tu olor y el del café mezclado en mi organismo.

No sabía si era lo púbico de aquel lugar o el que fuese la pared de una iglesia pero la sangre bombeaba más sangre de lo normal hacia mi cintura. Tu presión sobre mi entrepierna hacía dolor insoportable, lo cual sólo ponía a mi cuerpo en mayor alerta. Tu mano no exploró mi cuerpo, sabía qué hacer para disminuir el dolor: sin desabrochar el cinturón te introdujiste en mi pantalón, no sin antes lubricar tu palma con tu lengua.

Fátima, me dijiste. Te creí, aunque cuando me dejaste rendido en esa equina pensé lo irónico del escenario. Mi camisa desajustada, mi ropa interior húmeda, mi pelvis aún deseando y tu, alejándote hacia la entrada, entre los banquillos donde, el domingo, otras personas se sentarán. Lentamente jugabas, limpiando mis restos en los colchones rojos del confesionario.

Tu vestido negro y tu cabello hasta los hombros, lacio, tomaron mi café, a punto de terminarse – tengo prisa, vámos a hacer esto rápido que te me antojas. ¿Cómo poder negar tal acertividad? Fátima, la virgen que desnudé en un confesionario, en un espacio de 2 por 2, suficiente para que decidieras hacerlo de frente, de espaldas y parados.

Lo único que evitó tus gritos es que mordieras mi mano hasta sangrarla, estigma erótico que reflejaba la fe que profeso: mi culto a tu cuerpo. La santidad del espacio se inundó de respiraciones y murmuros, cual claustro de la edad media, en el cual la única adoración permitida era hacia Fátima.

Quizá no te estaba esperando en aquel café, pero en esa Iglesia, observando tu contoneo salir hacia la noche, con un caminar ligero, sin muestra de auqello que acababa de suceder entre tus piernas, sabía que iba a seguir esperando a Fátima.

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