Café andante

Aún llevabas puesto el vestido negro que, al estar sentada, resbalaba hasta dejar descubiertos tus muslos. El movimiento de la tela sobre tus piernas parecía voluntario, si no fuera por tus múltiples intentos de bajar de nuevo la falta a un lugar más apropiado para alguien de tu nivel. A pesar de haber pasado una noche de fiesta y Martini, a pesar de tener el cabello un poco desordenado por la gente, los ritmos alocados del bar y uno que otro atrevido que se acercaba a platicar, tu apariencia seguía siendo de refinamiento y sofisticación. Te noté aburrida, sin importar la música del lugar, con falta de interés en los cientos de hombres que se acercaban a hablarte.

Sonaba “Lucha de gigantes” cuando me miraste, sin entender por qué el interés, decidí proponerte terminar de escuchar la canción e irnos a un lugar más tranquilo, sin mucha esperanza de que aceptaras. Tus caderas giraban al mismo ritmo de Nacha Pop, mientras que yo trataba de ignorar el deseo que sentía por tu cuerpo, sujetando un vaso de naranjada en mi mano, escarchado por el calor que empezaba a emanar mi piel y los hielos que también buscaban llegar desde tu espalda, hasta tu glúteo. Cada vez acercabas más tu cuerpo a mi costado izquierdo y, si no hubiese estado sentado, podrías haber sentido, a través de mi pantalón, cuanto deseaba tomarte en la barra.

Tu pecho latía al mismo ritmo de nuestras caderas y tus manos trataban de desabrocharme los botones de los pantalones, sin maestría, pero con fuertes caricias, aprovechando la cercanía. A cada intento fallido le seguía una exhaustiva búsqueda dentro de los mismos, con dos propósitos, sentirme y buscar la manera de zafar mis pantalones rápidamente  para saciar tu deseo. “Un duelo salvaje advierte lo cerca que ando de entrar”, metáfora de lo que sucedería minutos después en una de las esquinas de aquel bar.

Después de dejar tu sostén olvidado en uno de los rincones del bar y, al ritmo de clausura de la canción, salimos de la mano, con la promesa de encontrar un café en donde poder tranquilizarnos y llegar a conocernos mejor. Seguías besándome con más deseo que interés y en mi coche decidiste arrancar los botones de mis pantalones, claro impedimento para tu libido. Aún cuando yo me preocupaba por el camino, tu boca bajó de mi cuello, a mi pecho, terminando en mi entrepierna. Mis ojos se cerraban involuntariamente mientras buscaba el Rococó Café Espresso en la Condesa.

Torpemente y junto con mi orgasmo logré encender la radio para escuchar “en un mundo descomunal, siento tu fragilidad”. No sabía que esa canción nunca me iba a dejar olvidarte, aún después de todas las noches que pasamos en la misma cama, después de un café sencillo, tranquilo, no pasional, sino melancólico. Lo que empezó en un bar, sexual, animal, nos llevó a un café relajado e intelectual, lo que no me dijo es que iba a acabar enamorado de una mujer que nunca sería mía, sólo buscabas un compañero de tiempo parcial, para compartir tu soledad, y uno que otro café en ese mismo lugar en el que platicamos de tu esposo.

 

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