Café de motel

Alcancé a decir que me había hecho falta un café. Sé que habías terminado, pero fue más el mérito propio de saber recibir placer, que el hecho de yo habértelo dado. Son pocas las veces que había sentido la falta de cafeína en mi organismo cuando tenía encuentros nocturnos, principalmente porque la cama venía precedida de la bebida, no siempre caliente, pero a menudo. El orgullo masculino estaba dañado, aún cuando no es un órgano es, muchas veces, inversamente proporcional al tamaño del órgano sexual. Además es uno de esos pequeños tesoros que se prefieren mantener intactos y, una noche sin poder dar placer del todo, es un golpe a su estabilidad. Puedo hacerlo mejor, prometí. Eso espero, escuche mientras te levantabas al baño y caminabas con pasos severos y un rostro de aburrimiento.

Días antes de encontrarte ya habíamos establecido un plan para nuestra tarde, iba a ser un rato de recreación, sin sentimientos, sin relaciones y, lo más importante, sin la absurda necesidad de volvernos a ver si alguno de los dos quedaba poco satisfecho. Los términos estaban establecidos y el punto de reunión fue, lamentablemente, lejos de cualquier cafetería con un café decente. Mi mente jugaba trucos con mi adicción y me solicitó detenerme en un Seven Eleven cerca del Monumento a la Revolución, pero el estómago domina las pasiones más seguido que el cerebro, no iba a dañar el encuentro con una excusa de máquina, lo único que aceptaría del Seven sería un condón, aunque seguramente en el motel encontraría de sobra. Pudo haber sido un craso error si no sacabas de tu bolsa el arcoíris de colores y tonalidades de plásticos, para acabarnos la tarde, dijiste con una sonrisa malévola.

Mientras estabas en el baño recordaba todos esas noches en las cuales disfrutaba de mi habilidad para satisfacer a mi pareja, después de todo, la premisa es primero dar para recibir, lo cual me llevó a tomarte aún sin que cerraras la puerta del baño y lanzarte sobre las cobijas verdes y azules, desgastadas del roce que habían sufrido en tantos años. Tomé tus tobillos y, con lentitud, pero desesperación, lamí el interior de tu pie izquierdo. No te habías recuperado del sobresalto de mi ataque cuando mi cabeza ya estaba en la parte de adentro de tu muslo. Mi mano izquierda frotaba desesperada tu cadera y tu glúteo, mientras amenazaba cada vez más acercare a tu entrepierna.

Nuestro encuentro había sido cibernético, una anécdota más para mi libro de memorias de internet, pensaba mientras conducía por Insurgentes. La última oportunidad de un café fue un Starbucks cerca del monumento a la Revolución, pero lo pasé de largo, confiando en que la semana que había pasado sin tener un encuentro cuerpo a cuerpo podría aumentar mi libido lo suficiente. Cuando te subiste al auto no sabía si besarte o simplemente arrancar. Nuestra plática se basó en la dirección que debía tomar para llegar a tu “motel de siempre”, ahí comprendí cuánta experiencia tenías entre tus piernas. Me diste instrucciones precisas de hacia dónde ir y cómo estacionarme para que las personas en tu oficina no se dieran cuenta de lo que estabas haciendo en horas laborales.

Después de olerte y besarte y provocarte espasmos, entre tantos gritos y respiraciones profundas, no fueron necesarios los movimientos exóticos, o el empuje de cadera salvaje, simplemente poner atención en tu cadencia pélvica y la reacción ante mi lengua, que empezaba a buscar, entre los pliegues de la piel, el punto máximo en donde reaccionaras. Mis dedos buscaban entrar en tu cuerpo y mi mano izquierda había cambiado tu cadera por ese tenue espacio de cabello que podía ver cuando bajabas tu cuerpo al mismo nivel de la cama. Tal era tu nivel de excitación que tomaste mi cabeza y no me dejaste ir hasta tenerte satisfecha. En una de tus últimas explosiones no pude contenerme más y agregué una mancha más a las miles que había sobre el colchón.

Te descubrí viendo los condones en el piso, abandonados. Otra tarde los vamos a usar todos. Te respondí que sí, mientras me ponía los pantalones para regresarte a la oficina. Cuando salíamos del cuarto mordiste mi labio y susurraste, para la próxima, toma un café antes de verme. Después de dejarte me senté en el Café La Selva Centro Histórico para combinar tu sabor con el del express Lacandona, cambiando el daño a mi ego, por un olor a triunfo y a motel.

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