Café con leche

Un café con leche – ordenaste para mi desilusión. Caso cerrado, nada de ideas alocadas, noches memorables, sexo apasionado. Si lo único que querías era un café con leche iba a ser difícil que te atrevieras a verte desnuda entre tus sábanas, o entre las mías, o las de cualquier motel que estuviese dispuesto a pagar. La plática era interesante, pero te preocupabas más por saber en dónde estaba tu hermana que en caer en el juego de palabras que tanto me gusta. Tu elección de bebida me extrañaba por haberte conocido en una expo de café que sucede anualmente en el WTC. El problema de la tecnología portátil era más aparente para mí ahora que no dejabas de observar tu Smartphone para escribir, recibir y enviar textos. Hablábamos de cosas triviales y el café con leche frente a ti me confundía aún más que tu playera entallada con cuello de tortuga y tus ojos verdes inexpresivos. Cualquiera que observara a nuestra mesa podría llegar a la conclusión de que éramos una pareja con años de relación y no dos extraños que quedaron de verse en Los Bísquets de Obregón una noche para ver si existía algo más en común que una expo. Mi hermana viene para acá, ella es la que me introdujo al vicio del café, y en particular, al café con leche, dijiste al guardar tu celular en uno de los orificios de tu bolsa. No había mucha esperanza para mí con dos mujeres que no disfrutaban de un café cargado.

No fue nada espectacular tu entrada y la cita que yo esperaba para dos, se tornó en una plática fraternal entre ustedes de las fiestas a las que habían ido y las acciones de sus amigas con sus novios o conocidos. Mi expresso se había enfriado y lo veía como si quisiese predecir el futuro en esa tasa, con escasos sorbos y algunas sonrisas para aparentar interés en lo que decían, continuaba reflexionando sobre la acidez de mi taza. Lo que me sacó de mi trance fue el que dijeras que querías otra ronda de café con leche para los tres, ahora había entrado en el mundo paralelo de los cafés con leche y las platicas de dos hermanas en las cuales no estaba, ni remotamente, incluido. Otro de los molestos mensajes de celular hizo que mi cita se disculpara para ir a trabajar, era uno de esas oportunidades que no podía dejar pasar, decía ella repetidamente. Tanta repetición despertó en mi la sospecha de que en realidad se estaba aburriendo con nuestra plática y, ahora, me había olvidado en una cafetería con su hermana menor a la cual no conocía y en la cual no tenía ningún interés. No era por su aspecto físico, era una mujer muy atractiva, pero el juego de caza había sido con la hermana mayor.

Me preparé para pagar cuando la única mujer restante en mi mesa tomó mi mano dirigiéndose a mi cartera, aún no, no quiero irme, podemos quedarnos un rato más, cierran tarde y no tengo mucho que hacer. Renuente devolví mi brazo a la mesa rosa salmón y observé cómo mi nueva acompañante tomaba el café con ambas manos para llevarlo a la boca, no me había dado cuenta de tus labios que se dilataban al sentir el café y tus ojos grandes que crecían al disfrutar la bebida. Sé que no sueles tomar este tipo de cafés, comentaste a mi sorpresa, mientras observabas hacia otro lado, una pregunta casual demasiado bien dirigida como para ser espontánea. Reconozco que he leído Caferótica y aproveché la oportunidad de que invitaste a salir a mi hermana para conocerte. El trago que estaba tomando de café se detuvo en mi garganta y mis ojos trataron de ver a esa mujer, con rasgos árabes, a través de la copa de café con leche semi vacía.

Aún no sé si fue ella la que tomó las riendas al besarme, probablemente sí, tras contarme varias historias de su relación con su hermana. Era algo distinto para mí iniciar un café con una mujer y terminarlo con otra. Inesperada diría que fuiste, con tu recámara en desorden, tus dibujos y poesías en los rincones, con tus cuentos y tu inocencia, por lo menos en la mente, tu cuerpo deseaba mucho más y lo notaba en como tomabas mis brazos, como acercabas tu cuerpo. Al principio estaba renuente a cualquier acercamiento, después de todo, era tu hermana la que me había atraído desde un principio, la historia de tu vida quizá, y, a pesar de ello, tenías una actitud desafiante, interesante, sexy. Me empujaste al borde de tu cama para empezar a quitarle la camisa. Debo confesar que mi moral es, a veces, demasiado laxa, pero esta vez se esforzaba por mirarte como la hermana de una amiga y no como la mujer que tus pechos mostraban que eras.

Con tu primer beso hiciste que olvidara a tu hermana, a mi moral y que, de pasada, perdiera los pantalones y la camisa. Tus movimientos no eran torpes, ni dudosos, usabas tus manos con gran maestría y sabías lo que buscabas. Querías hacerlo rápido, sin muchos preámbulos, disfrutar de mi cuerpo, supongo que querías saberte parte de una historia en mi blog. Veía tu cadencia como si estuviese viviendo en cámara lenta, una luz estroboscópica rellenaba el ambiente y segundo a segundo tu posición de cabalgata te iba llevando al clímax. Movías tu cadera en círculos para disfrutar cada centímetro de mí. Yo observaba el placer en tus labios, en tus pezones, en tu abdomen, hasta que explotaste para recostarte sobre mi pecho.

Todo esto por una historia y un café con leche, me dijiste al oído para después quedarte dormida por un rato. Reanudaríamos la actividad cada que te despertaras y, en los momentos libres, nos besábamos con un poco de café con leche en las bocas.

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