Café perdido

-Ni siquiera la lluvia va a poder limpiar mis pecados después de esta noche – me dijiste al oído. En ese momento me sentí rodeado de un cúmulo de sensaciones mezcladas que obligaron a mi cerebro a elegir cuáles de ellas eran placenteras y cuáles dolorosas: me sorprendió tu aliento cerca de mi cuello, el ardor de mi mano que sostenía un capuchino doble, tu mano en mi entrepierna o la gota de agua que acababa de caer del techo en mi espalda, dentro de mi camisa. Era natural sentirme extrañado, uno no acostumbra a estar recibiendo su café y que una extraña se acerque a decir esa frase y, acto seguido, acercarse a mi cuerpo de esa manera, por lo menos no antes de que ya nos hayamos terminado la primer bebida.

La noche no prometía mucha aventura, era un viernes en el que la lluvia, las vacaciones y tanto trabajo habían limitado mis posibilidades de tener alguna historia. Lamentablemente llevaba así cerca de dos semanas. El encierro y la lejanía física de alguna pareja me había acostumbrado a tasas de café, que aunque varias, eran, en el mejor de los casos, simplonas. Mi único consuelo era rellenar un recipiente ennegrecido por las noches en donde no se rellenaba y tampoco se lavaba. Curiosa analogía a mi status quo, o al estado de mi alma, dirían algunos de mis amigos. A pesar de apático estado decidí salir en una noche lluviosa a cambiar de aires, o, por lo menos, cambiar de molido de café.

No tenía un rumbo fijo (una vez más regresó el símil que haría un amigo con mi moral) así que rondaba por las calles detrás de Parque Delta. A las 11 de la noche en un sábado era más probable encontrar un antro abierto que un café, aún así mi intención iba más dirigida a disfrutar la caída de las gotas de agua que a sentarme en algún establecimiento. Lo primero que me vino a la mente fue un Italian Coffee Company, así como en mis viajes en carretera, pero en la ciudad hay muy pocos y a esta hora era poco probable encontrar uno, sin saber dónde me encontraba.

-No te preocupes por secarte, creo que acabarás en el mismo estado que ahora- al menos creo que esas fueron las palabras que usaste mientras tomabas el restante del café del vaso de cartón. Lo pusiste en una mesa con la madera semi pintada, probablemente con roces de cuerpos desnudos, sudorosos, impúdicos. La cama tenía un colchón simple, con un cobertor viejo,
sin manchas, pero con un claro desgaste por el uso. Tú habías elegido ir a un motel, a pesar de que ofrecí mi casa. Quiero perderme en tu cuerpo, dijiste justo después de soltar mi entrepierna y de que yo endulzara de más mi café, olvidarme del mundo, competir con la tormenta, sacar mis emociones. Quiero sentirme usada, descarada, odiada, amada, deseada y, al final de todo, quiero
saciar todas tus pasiones. Iba a preguntar tu nombre, pero me besaste y me jalaste hacia mi auto.

El trayecto fue silencioso, no quería decir nada, el riesgo de llegar a conocerte más y saber que tu personalidad podía llegar a apelar a mi emotividad me conmovía, me aterraba. Ni siquiera movía la mano de la palanca de velocidades. Tú seria, inmóvil, decidida. Tu rostro se me hacía familiar, como si lo conociera desde hace años, pero eras una persona completamente distinta. Las pocas palabras que dabas eran indicaciones para llegar a donde querías ir, leif motiv de mi noche contigo. Llegaste a la recepción, pagaste lo correspondiente y me tomaste de la mano para subir las escaleras de tela verde.

Había ruido en cada puerta que pasábamos, pero nada como lo que yo iba a hacer después de las vueltas que ibas a dar sobre mí. Alternabas una pierna en cada extremo de la cama y, con el impulso, girabas, sin elevar tu centro de gravedad. Yo estaba ahogado en placer, hormonas y el resto de café que no habías tragado, sólo lo habías usado para enjuagarte la boca y luego besarme profundamente mientras me introducías, suave al principio, violenta después. El dolor que ejercía la presión sobre mi se mezclaba con el placer de sentirte, extasiada, eufórica. Tus uñas usaban partes de mi piel como soportes para seguir con tu juego de ida y vuelta. Esta noche, las cobijas iban a tener restos de mi sangre, mezclados con tus fluidos y los de miles de otras parejas.

Una vez que dejaste de girar me miraste profundamente y en ese momento supe quién eras. Te conocía desde hace años, siempre que estaba cerca de ti sentía tensión, una obligación de acercarme, de tocarte, pero no me atrevía, o no estabas dispuesta a ello. Venían a mi mente memorias de nosotros, de quién eras antes, de tu recato, de las huellas de nuestra cercanía. Un fuerte movimiento me jala hacia tu pecho y me saca del trance, torso a torso veo sobre tu hombro la lluvia cayendo y tu cuerpo temblando, la humedad fuera y dentro del cuarto. Tus sacudidas son más fuertes y pierdes el control sobre tu pelvis, continúas con cadencia y agresividad, los temblores de tus pechos al unísono con tu vaivén olvidan que yo soy parte del juego. Tal actividad hace que el dolor crezca hasta mi abdomen, suba por mi cuerpo y llegue al cerebro. Arqueas más tu espalda y al lanzarte hacia atrás siento un desgarre, un golpe de hormonas, un ataque a las fibras nerviosas de mi cuerpo.

Las gotas de lluvia seguían golpeando la ventana del cuarto. Los gemidos aún resonaban en la habitación. Los olores estaban frescos, las cobijas frías y yo, despertando en un motel en algún lugar de la Roma, con sangre en la espalda y los hombros, con dolor en el vientre y un vago recuerdo de tu cara. Salí a la calle con dificultad, un paso arrastraba al otro. La lluvia caía, pero no expiaba mis culpas. Subí a mi auto y me convencí que todo ello había sucedido de tanto café.

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