Café inesperado

Tenías dudas, quizá eso era lo que más atraía mi espíritu de conquistador. El traje de cazador lo había dejado fuera del café, ya sabía que ambos buscábamos algo más que sólo una bebida, los mensajes eran demasiado claros, excesivamente directos. Ni tu buscabas engañarme, ni yo esperaba darte alas. Me gusta cuando las cosas son claras. Hoy vamos a tener sexo toda la noche – me dijiste entre sorbo y sorbo de café. Fue tan inesperada la frase que estuve a punto de escupir el sorbo que le había dado al capuchino. Ya que no era necesaria la vitalidad del expresso me decidí por una bebida más complicada, para una relación menos compleja. Observé que la leche iba abriendo las paredes del café, mientras que de reojo observaba tus ojos, dirigidos a mi rostro. La mesera continuaba con el proceso de combinar los elementos del capuchino, a mano porque se nos rompió la máquina, comentó cuando ordené. Yo no tengo inconvenientes en que me lo hagan a mano. ¿Y tú? Lo dije con la más artera intención de provocarte. Tu respuesta fue simplemente morder, sutilmente tu labio inferior y mirar a la barista. Yo también me voy a tomar uno, pero con un shot extra de café. Todo indicaba que la noche iba a tomar un giro más interesante de lo que esperaba.

Desperté esparcido por una cama que no reconocía, en unas sábanas que no eran mías y, lo que es aún peor, con un sentimiento desconocido. Tu espalda seguía caliente, las colchas húmedas y los vasos de café habían sido severamente arrasados por nuestros cuerpos, más preocupados por saciar nuestro placer que por tener cuidado en que la crema batida no acabara en uno de los cojines, curioso leif motiv de la noche. Aún no había Sol, pero ya se vislumbraba un resquicio de amanecer en segundo plano, mirando entre tus cabellos revueltos. Me levanté sin hacer ruido para la rutina habitual, buscar la ropa regada en la habitación, encontrar mi teléfono, mis llaves, un calcetín detrás del televisor, otro sobre la cómoda donde guardabas los condones. Tomé mis pantalones y los abroché, este es el punto, de forma histórica, es en donde más trabajo me cuesta continua, parecería que al ponerme los pantalones regreso a la realidad de mi vida y me lanzan de la cama del placer, al amanecer frío y, casi siempre, no del todo amanecer.

Los pediste para llevar – no quiero perder tiempo, si ambos sabemos a lo que vamos. No te importó quién te escuchara, ni siquiera quién te viera al acercarme a tu cuerpo mediante la bolsa trasera de mi pantalón. Entregué mi tarjeta sin observar el cobro, firme cuando me empezabas a besar, ni siquiera recuerdo si mi rubrica se parecía a lo que normalmente hago, sólo unos garabatos al aire. La barista y la señora de detrás de nosotros observaban con una actitud un tanto moralina, pero más tarde me confesaste que simplemente eran celos. Sigo pensando que nuestro comportamiento dentro de la cafetería no era socialmente aceptado. El café fue muy secundario ya que nuestras bocas estaban demasiado ocupadas buscando más placer. Tengo que confesar que ni siquiera recuerdo el nombre de ese lugar, lástima porque fue uno de aquellos dignos de regresar por la simple memoria.

Busqué mi playera entre los cojines y algunas colchas que se habían caído y, justo cuando la encontré, me sorprendí pensando en que no quería irme. Era un cuarto desconocido, unas sábanas aún calientes cerca de tu cuerpo, un espacio vacío en donde podría dormir y un cuerpo al que pudiera abrazar, no sólo esta noche, sino muchas más. Mis manos no decidían si tirar la playera de vuelta al piso o ponérmela e irme. Ahí, sentado a la orilla de la cama recordé unas palabras que llevaban varias semanas molestándome – lo que a ti te hace falta es enamorarte. Entendí el significado de esa frase hasta ahora, esperando que tú te levantaras y me dijeras que me quedara, no sólo por la noche, que me dijeras que querías que te hiciera de desayunar cada mañana que tuviéramos sexo. Vi el reloj, observé el café regado por el piso, tomé mi playera y salí de tu casa, sin ver el número, la dirección y sin tener tu teléfono con el eco de la frase retumbando en mi mente. Dicen que me hace falta enamorarme….no estoy de acuerdo.

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