Café de antojo

No espero poder entenderlo pronto, sólo sé que te costaba más trabajo recibir placer que darlo. Intenté todo, un sinnúmero de técnicas y trucos para satisfacerte. Nunca ha sucedido así, puedes seguir toda la noche, pero no vas a poder hacerme sentir más de lo que siento ahora. No puedo decir que me di por vencido después de escuchar tu sentencia, simplemente me resigné a ponerme la camisa, única prenda que yo había perdido, y retirarme con el ego lastimado. Estaba a punto de iniciar mi caminar hacia la puerta cuando me abrazaste por la espalda, bajaste la mano hasta mi pantalón e iniciaste un despacio sube y baja con tu mano.
Fueron varias semanas las que pasaron para que finalmente accedieras a salir conmigo. No te daba confianza que mis amigos y tus amigas comentaran que soy moralmente ambiguo. De cualquier manera eso qué significa, me preguntaste antes de entrar al café. Afortunadamente no confesé mis irreverencias nocturnas, ampliamente descritas en este espacio narrativo, ya te tenía en un café, usualmente es lo único necesario para cerrar el trato. Había pensado mucho en la elección del lugar, siendo tú una persona tan reservada. No podía elegir un café comercial, ni uno muy alternativo. Tenía que analizar el molido, la textura, el ambiente, la plática, quería que tuvieras la libertad de elegir si continuar con nuestra aventura nocturna o simplemente tener una plática sencilla y sin pretensiones. Tras un análisis del entorno me dirigí hacia el Café Punta del Cielo de la Del Valle. Abrí la puerta del local y te observé entrar, con gracia, como si fuese natural y común que abrieran las puertas a tu paso. No me queda duda de que así seguirá siendo.
No intentaste desabrocharme el cinturón, ni siquiera volver a quitarme la camisa, la fricción de tu mano por encima de la ropa fue, lentamente, reiniciando el jugueteo de lenguas y la lucha por abrir tu vestido. Mis manos subían por dentro de tu blusa, traviesas, entrenadas, profesionalmente sigilosas para lograr hasta tu brassiere sin que te dieras cuenta, sin que tuvieras arrepentimientos ni temores. Tu cuerpo no se resistía, se acercaba más, sudaba, deseaba tanto como el mío un roce piel a piel. Ahora sentada frente a mí, pero sin soltar mi pantalón, sin detener el movimiento que había empezado como una caricia, ahora con fuerza, al mismo ritmo de nuestros besos, cada vez más profundos.
Sé bien cómo eres y no eres lo que busco, incluso antes de tomar el primer sorbo del café, parecía que habías establecido el rumbo de la velada. Yo había pedido un cubano para tomarlo despacio y tener la oportunidad de hacerte propuestas y declaraciones que podrían rayar en lo vulgar si no hubiesen estado ocultas tras un velo de comicidad. Vine porque te me antojas, creo que no hay otra manera de ponerlo, pero aún no he decidido si voy a permitirme estar contigo. El camino se tornó difícil para mis habilidades de conquistador ante la serie de rechazos y negativas de engancharte en mi juego de seducción. Requería tomar medidas extremas, ordené dos expressos, a pesar de que sabía que no te gusta el café fuerte. Lo ordené sin preguntarte y con la excusa de enseñarte a degustarlo.
Primero lento, despacio, con calma y luego lo sientes, mueves la lengua y te llenas de su sabor. Repetías las mismas palabras que había dicho en el café, lo alternabas con preguntas de cómo me gustaba que me tocaras, si esa era la velocidad adecuada o quería que fuese más rápido. Después de un tiempo comprendí que hacías lo contrario de lo que te decía que quería. Me impresionó tu maestría al mover las manos, a pesar de estar sentada sobre mí, nunca separaste una de las dos manos de su labor de darme placer. Una mano cuidaba que las mías no desabrocharan el sostén, la otra te daba placer al observar cómo estaba a punto de llegar al clímax, para luego reducir la intensidad y cambiar de mano. Habías dejado de besarme y podía ver en tu cara el goce de tenerme entre tus manos y a tu disposición.
Para terminar la prueba de degustación del café me acerqué a ti, lento, usando la excusa del olfato y lamí un poco tu labio. Al principio te sorprendiste, pero tras alejarte y verme a los ojos me besaste. Tratamos de no hacer ruido al llegar a tu casa, tus papás estaban dormidos, no será de preocuparse mientras que cerremos la puerta. Y en cuanto lo hiciste empezaste a quitarme, uno a uno, los botones. Impaciente y exaltada el café efervecía en ti, en tu deseo. Fue cuando la camisa tocó el piso que te descubriste tocando mi pecho y mis hombros, te detuviste de golpe, sorprendida por el grado al que habías llevado las cosas. No podía permitirte tiempo para reflexionar, te recosté y fui besándote por encima de la ropa, bajando despacio, mientras que mis manos acariciaban tus pechos y tus piernas. Logré hacer que te relajaras por unos momentos, te estabas dejando llevar y luego, nada.
Habías aumentado la cadencia, tanto de tu mano como de tu cadera, mientras más pedía que te detuvieras, más lo deseabas y jalabas más fuerte, finalmente me dejé llevar por tu ritmo. Te levantaste de encima de mí y me dijiste que podía regresar cuando quisiera. Conmigo no vas a tener sexo, pero si quieres seguir viéndome debes de prepararte para lavar mucha ropa interior. Me besaste y me llevaste a mi auto, antes de que se despertaran tus padres.

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