Café escondido

Maridaje: O Pastor – Madredeus

A veces el amor se esconde debajo de las sábanas y nos ataca, agazapado entre las orillas de las camas, por eso prefiero no arriesgarme – por más acertadas que fueran esas palabras, era difícil creer que la insensibilidad que mostrabas fuese tan racional como tu frase, quizá tu rostro y tus labios estaban diciendo aquello, pero cada roce de tu mano en la mía, cada risa que acercaba nuestros cuerpos y cada sorbo de café, deseaban más de nuestro encuentro que sólo una charla.

Tímidamente te empezaste a quitar la ropa. Sé que no era la primera vez que lo hacías, también me imagino que no sería la última, pero tu delicadeza y duda lograban ponerme nervioso – leif motiv de la noche. Estaba enmedio de una sensación que pocas veces experimentaba en los encuentros casuales que frecuento.

Me diste la espalda, quizá por pudor y pude ver cómo un tatuaje crecía desde tu espalda baja, dirigiéndose hacia la parte posterior de tu cuerpo. Una orquídea que nacía en la base de la espalda, prácticamente marcaba la ruta que debía seguir mi lengua durante la noche.

Llevaba algún tiempo buscando alternativas nuevas a mis locales tradicionales para tomar café. Esta vez tenía que ser un espacio sencillo, sin pretensiones. Sabía que tu no estabas acostumbrada a hacer estas cosas y, parte del trato, fue que yo no intentara nada si no estabas lista. Me arriesgué a invitarte a salir después de meses de insinuaciones, sabía que tu relación previa había terminado mal, como suelen hacerlo todas, pero aún así me intrigabas. Detrás de tus ojos azules había un aura de duda y soledad.

Ahí, frente a mí, desnuda, mi cuerpo no reaccionaba. Ni tu te acercabas a mi, ni yo me decidí a sujetarte. El espacio entre tu piel y mi piel ocupaba nuestras mentes y nos impedía cualquier movimiento. Debo de confezar que es una de las escenas más bellas, ver tu cuerpo, tembloroso, con esa pequeña luz de luna llenando tu costado derecho, mientras tus brazos, cual Venus, se cubrían para no mostrar ni tu pecho ni tu pubis. Me había desnudado despacio, mientras tu pasabas al baño, me había cubierto parcialmente con una cobija, no lo hacía normalmente, pero tu presencia me obligaba a hacer cosas poco comunes.

Por casualidad habíamos llegado a un local en el sur de la Ciudad – Cafeinómanos un espacio tranquilo para discutir tus desamores y lo poco que ya creías en el amor. Creo que por eso te llamé – necesito que me confirmen que todos los hombres son iguales. Me acerqué a besarte, con el sabor del café tostado, no tan bueno como esperaba, pero hizo efecto en ambos. La mesa redonda se tambaleó cuando subiste tu mano para ponerla en mi cabeza y evitar que terminara el juego entre nuestros labios. Por ahora sólo quiero sentirte entre mis brazos, necesito a alguien que sea predecible, ya no quiero el azar del amor – así decidiste ir a mi casa, después de dejar tu taza con las mismas marcas de labial que tendría después mi almohada.

Finalmente nuestras manos fueron lo primero que se unieron. Despacio fuimos usando nuestros dedos para explorar nuestros cuerpos. El tuyo mucho menos experimentado que el mío, aún así, tu simple presencia hacía que yo pareciera un novato en la seducción. Reconozco que planeaba tomarte y dejarte, hasta que me besaste y logré entender que la tristeza detrás de tus ojos se esparcía por mi cuerpo. Aún así me arriesgué a continuar con nuestro juego y cerré la puerta a mis sentimientos.

Parecía que estuvieses dentro de mi cabeza cuando me advertiste que no buscabas enamorarte de mi. Prefiero no regresar a esas camas en donde, con seguridad, me enamoraré, por eso desearía quedarme en la tuya – todas las voces en ella me dicen que no corro peligro aquí.

Tus pechos se movían al mismo ritmo que mi cuerpo, una cadencia lenta, rítmica, suave y apasionada. Fuimos subiendo la intensidad. Paso a paso parecía que nos conocíamos más, que nos uníamos y nos acercábamos. Ya no eran sólo los cuerpos los que buscaban una conexión – algo más rondaba en mi habitación – algo que no debería estar presente – algo que buscábamos evitar. Cerraste los ojos para ignorarlo, mientras que yo trataba de olivdar ese sentimiento de deseo, de pertenencia, de posesión. Nuestras defensas se activaron al mismo tiempo que tus piernas me jalaban hacia tu cuerpo, pidiendo más, suplicando que no dejáramos las emociones de lado. Vimos nuestros ojos por última vez antes de llegar al límite, nuestras miradas se desviaron en el momento justo – sólo por el temor de ser algo más que amantes.

Amaneció y seguías entre mis brazos, tu espalda con rastros de sudor. Me miraste en cuanto viste que iba a besarte – Creo que tengo que irme, tu cama ya no es segura para mi, hoy, hasta tu cama decidió mentir. El amor se oculta demasiado bien bajo algunas sábanas. Te vestiste mientras yo intentaba encontrar algo que ponerme, aún con las manos temblorosas y un poco ansioso por volver a besarte.

Te dejé en la puerta de tu casa, dispuesto a despedirme de ti con ternura, quería demostrarte cómo me habías hecho sentir aquella noche bajo la luna. Tomaste tu bolsa y, sin siquiera voltear a verme dijiste adiós.

Regresé a mi cama con tu olor en mi cuerpo y con una historia más para mi colchón. Creo que él también se sintió solo por mucho tiempo.

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