Café solos

Maridaje: Adrift – Blue States

A momentos abría los ojos para descansar de besarte, en ocasiones paraba mis movimientos de cadera para retomar un poco el aire y poder llevar el mismo paso que tu. Tus piernas me obligaban a entrar más y luego a salir, a acercar mi pecho al tuyo y disfrutar de tu mirada, fija, penetrante.

Ambos disfrutábamos de una velada tranquila, tu con tu cita, yo con la probable historia del sábado. Nos vimos desde que entré al café, un Garabatos en Insurgentes, yo buscaba ir al piso de arriba, mientras que mi pareja decidió quedarnos en una mesa cerca de la puerta. Mi acompañante estaba más interesada en la moda y las compras que en la posibilidad de pasar una noche disfrutando de un cuerpo desnudo y un café entre las sábanas.  Hubo un punto en donde no sabía si yo estaba observandote o eras tu la que no dejaba de mirarme. Poco a poco fui olvidando que mi compañía era aburrida, para ponerle más atención al movimiento de tus manos, alejando el abrazo de él, ante discusiones y querellas.

Desde hace algunos meses estoy atrapada entre la libertad, en la obligación de liberarme, es por ello que no encuentro cómo desaparecer ese sentimiento de vacío en mi cuerpo. Lo más cercano ha sido encontrarte hoy en ese café – fue lo que dijiste la segunda vez que escalaste mis piernas para quedar sentada sobre mi, cara a cara. A pesar del calor que nos hacía jadear, podías hablar con claridad – mi única manera de expresar mi placer era gritar.

Presuntuosamente te seguí al baño. Pensaba que el café que te había visto tomar y los que yo ya llevaba para olvidar el aburrimiento iban a facilitar el acercamiento, más aún porque decidiste subir las escaleras, probablemente para estar lejos de las miradas que nos juzgarían de vernos besarnos en una esquina. Entraste sin voltear a verme – ni siquiera me habías notado, así que entré a mi correspondiente puerta para ver a mi ego destrozarse en el espejo. Vi mis ojos cafés mirando a una figura sin conciencia ni control sobre sus impulsos y ahogado en mis reflexiones no me percaté de la puerta, abriéndose para dejar entrar un cabello con tonalidades de rojo que pronto vería entre sudor y besos. Metiste tu mano en mi bolsillo mientras con tus labios en mi oreja me decías que al dejar a mi pareja te encontrara en tu casa.

Abriste la puerta en un camisón rojo, transparente, dejando ver todas tus piernas y un poco de tu pecho. Ninguno de los dos sabíamos cómo actuar. En mi mente la escena se construyó de forma diferente. Por la manera en la que nos conocimos y agendamos la cita creí que íbamos a besarnos, sin siquiera hablar e ir directo a tu cama.

Tomaste mi mano y me invitaste a pasar, la soledad de tu cama, de tu casa y de tu cuerpo se percibía en el ambiente. Había kleenex en tu buró, que después confesaste eran por las noches que pasabas llorando tras tu rompimiento hace ya más de seis meses. Con suavidad jugaba con tu cabello, no estaba decidido si estaba ahí para tener sexo o simplemente para escucharnos, para hacernos compañía en una noche en la que ambos necesitábamos unir soledades.

En tu sillón nos fuimos acercando, provocando a nuestros cuerpos a reaccionar a lo primero que habíamos reaccionado, esa atracción animal que nos obligaba a vernos, de mesa a mesa. Quizá no es que me gustaras, simplemente creo que vi tu soledad mirando directo a la mía – hoy no quería estar sola. Mientras tu mano pasaba por mi cabello me acerqué a besarte, suave, tierno, tratando de que el beso llegara a llenar algún hueco que pudieses estar sufriendo. Respondiste de la misma manera, cálido, sencillo y así, poco a poco, como dos novatos, fuimos besándonos cada vez por más tiempo. Tórpemente tratábamos de quitarnos la ropa, queríamos que fuera fluido, demostrar que habíamos jugado este juego por mucho tiempo, pero hoy, por alguna razón, mi mano no pudo desabrochar tu sostén y tuve que esperar a que tu lo hicieras. Mi cinturón parecía no ceder ante tus caricias, por lo cual lo desabroché yo. Así, torpes y solitarios nos fuimos uniendo lentamente, hasta olividarnos de posiciones ya practicadas y palabras que estábamos acostumbrados a usar durante los encuentros.

Mi respiración aumentaba cuando la tuya lo hacía y mi cuerpo reaccionaba a cada movimiento de tus caderas. Tu sillón ya no aguantaba nuestros movimientos por lo que te cargué hasta una cama destendida y llena de recuerdos, los cuales se iban desvaneciendo a medida de que pasaban las horas y los orgasmos.

No recuerdo en qué momento nos quedamos dormidos – abrí los ojos temiendo que estuviese en mi cama, solo. Te observé viéndome incrédula, maravillada y asustada. Por lo menos ayer no me sentí sola – espero que no seas tu con la que me sienta acompañada, porque sé que no eres de los que se quedan.

Te abrace en silencio tratando de descifrar por qué yo me seguía sintiendo vacío.

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