Café de mirada negra

Maridaje: Between Two Points – The Glitch Mob

No me atrevía a acercarme a esos ojos, sabía que en el momento de verlos mi fuerza de voluntad se perdería entre tus miradas y tus labios. Realicé un esfuerzo enorme por no tomarte entre mis brazos, besarte, acariciar tu cabello, pero, como suele pasar, sucumbí ante tu belleza. Nos desnudamos sin con ansia, cada prenda que caía en el piso de tu cuarto retumbaba en mi cabeza, tratando de detener mis impulsos, después de todo, habíamos hablado de tus sentimientos hacia tus novios y mi relación con tu hermana.

No fue un flechazo el que me llevó a ti, por lo menos no esa noche. Yo estaba platicando con alguien más cuando te vi de reojo. No quería parecer descortés, así que me quedé en la discusión previa, mientras veía la profundidad de tu mirada, todo lo que unos ojos negros pueden ocultar. Yo salí del bar con la intención de regresar a mi casa, considerando que era lunes. Salieron tu, tu hermana y una amiga del lugar para invitarme a la Condesa – un día antes me había propuesto a no negar ninguna invitación. Tomé mi auto para seguirlas por Insurgentes.

Te veía disfrutando como si fuera la primera vez que lo hacías, como si hubieses descubierto la entrada a una dulcería y tuvieras a tu disposición todas las golosinas. Yo me dejé llevar, ya había superado los primeros momentos incómodos en donde debí de haber diferenciado lo correcto de lo que quería hacer. Era una escena maravillosa sentir tus pechos disfrutar de la caricia de mi lengua, tus manos moviéndose por mi cabello, bajando a mi espalda, llegando a mis piernas, presionando, pidiéndome más. Tu simple mirada me motivaba a seguir.

Mi cabeza me decía que regresara a mi casa, era lunes, día laboral, no debería de estar siguiendo a tres bellas mujeres a un bar; todo cambió cuando abriste la puerta de mi auto para subirte de copiloto. La plática se extendió a tus gustos, tus intereses, trataba de mantener la vista fija en el camino, pero la combinación de tu voz, tus labios y tus ojos hacían de la labor una hazaña. Puede ser que mis valores morales estuviesen relajados en ese momento, pero la imagen de tu hermana me evitaba decirte cuán hermosa te veías. – Yo le digo al pene, pene y a la vagina, vagina; la gente se alarma por ello, pero son sus nombres, además me gusta el sexo, como a la mayoría, no tenemos que irlo ocultando por la vida y ser más hipócritas de lo que ya somos – con esas palabras destruiste cualquier resto de moralidad durante la noche.

Verte disfrutando, encima de mi, con el sudor bajando por tus hombros, hacía que me perdiera aún más. Mi mente gritaba de placer, mientras recordaba las largas horas que habíamos platicado para poder llegar a besarnos – de tu jugueteo  previo, en donde yo no sabía si eras tu la que me coqueteaba o era yo el que te había llevado a ello. Cuando tus piernas se cerraban contra mi costado era cuando abrías los ojos y me mirabas, en éxtasis, siempre pidiendo más – a pesar de que ambos estábamos exhaustos.

Salí de tu casa agotado, aún sin entender cómo es que había ido contra toda la razón de no besarte, de no acercarme, olerte, tocarte. Fue hasta que llegué a mi casa y comprendí toda la noche al ver la taza de café que me había preparado – negro como tus ojos –  delicioso, caliente e inolvidable.

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