Café sin café

Maridaje: Tommy Trash – Need me to stay

La decisión estaba ahí, fuera de tu puerta. Estábamos a un umbral de distancia de disfrutarnos plenamente, arrancarnos la ropa, juntar nuestros cuerpos, besarnos, destrozar tu habitación, ensuciar las sábanas, despertarnos cansados y, volver a iniciar todo el proceso; quizá una o dos tazas de café después. La calle estaba vacía y no podíamos dejar de tocarnos, de besarnos, pero, a veces, te dabas cuenta de que no me conocías, de que era la primera vez que me veías y te alejabas, buscabas las llaves en tu bolsa, hasta que decidía besarte una vez más.

Entré al lugar sin conocer a nadie, la persona que me había invitado había salido a comprar provisiones extra y yo, sentado en un rincón, tratando de entender tu manera de bailar, con tanta soltura, con tanta gracia, pero sin ritmo. Llevabas una blusa ligera, unos jeans ajustados y acompañabas la noche con tu actitud de libertinaje, además de unos shots de gelatina de algo que bien pudo haber sido alcohol puro. A parte de estar solo en una silla, mientras que los demás disfrutaban de un DJ salido de 1970, estaba sufriendo por mi falta de cafeína en el día. Seguí viendo tus movimientos, únicamente tuyos, exclusivamente arrítmicos – y entre giro y giro una que otra mirada furtiva al espía que estaba en el rincón, tratando de sustituir el café por una noche contigo.

No fue discreta ni sigilosa la manera en la que entramos al baño. La fiesta ya se había animado y fue una labor de llevarte, poco a poco, hacia allá, entre besos y leves tirones, hasta ponerte en contra de la puerta. Sabía a la gelatina con alcohol y tus besos fríos se calentaban con cada acercamiento a mi boca. Una de las invitadas salió del baño, con ojos juiciosos y un poco de envidia, dejó abierta la puerta para que continuáramos con nuestra actividad en un espacio semi-privado.

Desde que empezamos a besarnos había comprendido que tu cuerpo deseaba que continuáramos, mientras que tus palabras buscaban alejarme. Entre afirmaciones y negativas confusas te levanté sobre el lavadero y me quitaste la playera. Entre las palabras que decías tomabas el tiempo para morder mis labios, por segundos, deteniendo el beso. Sentía que tu cuerpo se acercaba cada vez más al mío. Aún cautelosa de lo que hacía, tus manos buscaban separarme, mientras que tus piernas no me dejaban alejarme. Yo estaba como espectador activo de tu lucha interna, mis manos en tu cadera, sintiendo cómo te movías y, a veces, me separaba para asegurarme que la puerta estuviera bien cerrada.

El bajar dentro del elevador con otros invitados fue incómodo. Varios habían escuchado de nuestra escapada al sanitario y, ente ellas, las personas en el elevador. A pesar de ello metiste tu mano por debajo de mi camisa y seguiste besándome. El trayecto a tu casa fue tranquilo, tú habías vuelto a tu estado de duda y reflexión. Preferiste escuchar la radio que platicar, preferías ver al frente que besarme y preferías llevar tus brazos cruzados a darme la mano. Propuse ir por un café, con la intención de relajar las cosas y tener más tiempo para conocernos. Ante tu negativa, continuamos en silencio, con la exclusiva excepción de las indicaciones hacia tu hogar.

Habías abierto mis pantalones con dificultad, los mismos habían caído estruendosamente al suelo, esparciendo algunas monedas que tenía en los bolsillos por el piso de loseta. No dejaste que te quitara la blusa así que trabajaba con mi boca por encima de ella y cuando me retiraba para respirar jalabas mi cabeza para que siguiera besando y mordiendo. Tus manos se acercaron al cuello de tu vestimenta para abrirla, dejando al descubierto tu pecho, desnudo. Mientras una mano te servía de soporte sobre el lavabo, la otra guiaba mis mordidas por tu esternón, tu pecho y tu cuello. Cuando llevé mi mano a tu entrepierna me separaste bruscamente y saliste del baño, aún con los rastros de nuestro encuentro marcados en tu cuerpo.

Nos encontrábamos tan cerca de tu cama, tan cerca de que te decidieras a que entrara a tu casa y a tu cuerpo. Me gustaría que pasaras la noche conmigo – me dijiste. Estaba seguro que, por fin, habías decidido dejarme entrar contigo. Pero ya se ve cómo va amaneciendo y no podríamos dormir mucho, gracias por la noche. Vi tu espalda al entrar a tu casa, sin un beso y sin tu teléfono. Los rayos del Sol me daban ya en la espalda y yo, solo en una calle, frente a un portal, me quedé estático pensando en si hubiese sido distinta la noche de haber empezado con un café.

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