Café a distancia

Maridaje: Hypnotize – Fleetwood Mac

Era una mezcla de caderas, pechos y labios. Los movimientos se hacían más y más intensos mientras que la respiración ascendía en tono, en conjunto a los gemidos y el sudor que mostraba tenues reflejos de luz en el cuerpo. Tus piernas se enredaban en la espalda, tus manos jalando el cabello, pidiendo más, exigiendo continuar. El ir y venir de las sábanas denotaban la lucha sobre ese colchón, que, si pudiese estaría igual de excitado que yo.

Hiciste que varios clientes voltearan la mirada cuando entraste con tu minifalda y, evidentemente provocadora, dejaste que subiera aún más cuando te sentaste junto a mí. El beso no fue nada especial, regular, en la mejilla, no esperaba nada más, siendo la primera vez que nos veíamos en más de tres años, desde antes de que te casaras. Me parece que fui el último hombre con el que estuviste antes de tu matrimonio, unas semanas antes – para que se me quite el antojo – dijiste. Así que nos vimos en mi casa para una noche de cuerpo a cuerpo y, eventualmente, de dejarte ir a los brazos de otro.

No te cansabas, pasaron varias horas en las cuales estuviste arriba, abajo, de frente y parada a la orilla de la cama. Todo tu cuerpo estaba disponible para el placer, si no eran tus manos, tu boca terminaba el trabajo, si una pierna se cansaba, dirigías tu cadera a otra posición para poder continuar. Mi cuerpo reaccionaba ante cada contorno que me dejaba ver la poca luz que entraba por tu ventana. En tu buró había una colección de preservativos y juguetes indicando que no era la primera vez que tenías estos encuentros, y parecería que el que yo estuviese ahí te hacía moverte con fuerza, con enojo e ira, como si quisieras demostrarme que el placer que sentí aquella noche pasada no fue casualidad.

Nos encontramos en el Café Toscano, en Orizaba, donde nos habíamos visto por primera vez. En ese entonces yo tenía todos los ases bajo la manga, tu blusa hasta el cuello, una cruz escondida detrás de ella, pero eso sólo era el exterior – bajo la ropa, después de estar en mi cama, noté el fuego en tu cuerpo. Esta vez llegabas segura, caminando contorneando la cadera, para provocar y lo sabías. Después de nos ordenaste un expreso pana, para jugar con la crema batida, me tocaste por debajo de la mesa y me dijiste que iríamos a tu casa, pero hoy tu ibas a poner las reglas del juego, me debatí por el tema de tu matrimonio, pero me besaste mientras decías que me dejara llevar.

Ahí en la oscuridad me tocabas, sin dejar que me desvistiera. Habías dejado tu blusa en la entrada, tus tacones en la sala, tus pantis en el sillón, tu sostén en alguna lámpara y, por el dolor en mi boca, tus dientes en mis labios. Me quitaste la playera y me sentaste en una silla, fuera de la puerta de tu habitación, sentada a horcajadas pusiste mis manos detrás de mi espalda y con gran habilidad usaste mis pantalones para amarrarme a la silla. Besabas mi pecho – la única regla que vamos a usar hoy es que tu no puedes moverte hasta que yo te diga. De acuerdo a lo que habíamos platicado antes, yo iba a mantener ese trato y tú te ibas a preocupar por tu esposo. Si me hubieses preguntado si estaba preocupado porque él regresara a casa y me descubriera desnudo, en su silla, con su esposa, te hubiese dicho que sí, pero tu boca había continuado lo que empezó en mis labios bajando por el pecho, mi abdomen y, finalmente, moviéndose fuertemente obligándome a sentir el olor a café en tu aliento. Cuando estaba a punto de llegar al límite te detuviste y caminaste hacia tu habitación recordándome que tenía que quedarme sentado, sin moverme – y creo que un poco frustrado también.

Tu cama sonaba fuerte, intensa y yo con la excitación al límite, con el dolor por las ataduras y el deseo de tocarte y besarte, como lo sabías me mirabas directo a los ojos, mientras tu esposo, te tomaba por las piernas. Tu mano derecha en el cuerpo de otro hombre y tu boca ocupada en la entrepierna de un tercero. Otro más estaba descansado, después de haberse saciado con tu cadera.  Todos con la atención sobre ti, y yo, amarrado a una silla, esperando que todos ellos terminaran con lo que les quedaba de fuerza física para que, finalmente, vinieras a mí.

Despediste a los desconocidos, mientras tu esposo dormía en la cama, drenado de fuerza y con tu sudor y el de él y de otros mezclados en las sábanas. Aún desnuda caminaste hacia donde estaba yo, esperándote – aventaste mi ropa sobre mí y me desataste – ve a tu casa, te volveré a llamar cuando nos hagas falta. Llegué a mi casa y tomé un café para relajar mi deseo – semanas después me llegaría un mensaje tuyo.

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