Café en soliloquios

Maridaje: Broken – Tracy Chapman

– Estoy cansada, harta de dejar amores regados en camas, harta de dejar orgasmos olvidados en habitaciones que no significan nada cuando amanece. Estoy agotada de tener que besar bocas vacías, que me toquen caricias sin significado, de sudar en cuerpos extraños, de amar amores pasados – mientras hablabas, tomabas mi cabeza y la dirigías, lentamente a donde deseabas que te besara, a esos lugares donde esperabas que pusiera más atención. Yo no sabía si dejarme llevar por tu cuerpo suplicando más o por tus frases que rogaban cariño, atención. Sonidos mezclados entre palabras y gemidos buscando sentido en mi cerebro, olores que mezclaban tu aliento a café y el deseo que emanaba tu cuerpo.

Decidí besarte después del café, cuando pudiéramos estar solos en mi coche. Sin la mirada de las personas en el Café Bola de Oro, en la calle de Nuevo León, lejos del reflejo de colores de esas mesas en las que veíamos cómo nuestras manos se acercaban, sabiéndonos víctimas del erotismo. Ambos nos habíamos encontrado para tener sexo y nada más. Ambos sabíamos que eramos un cuerpo más para el otro y, a pesar de ello te atreviste a abrir una puerta que no se cerraría pronto: “Estoy exhausta de tener cuerpos calientes en mi cama, que no dejan que se enfríen las sábanas para irse, ni mañanas para despertar juntos.”

Una vez en tu casa, después de varias horas en mi auto y de tres cafés que llenaban tu boca y la mía de sabores intensos, sabores de tierra y agua; de olvido y recuerdo; de deseo y hambre carnal, entramos a tu habitación, llena de fotos, de amigos, de amantes, de novios, de familia, llena de recuerdos, repleta de ojos que, expectantes, imaginaban que el próximo que trajeras a casa fuera el que se quedaría. Tus piernas se abrían a ratos para que mis manos se adentraran en tus muslos, haciendo leves caricias, tímidas, inapropiadas, roces inconclusos que hicieran olvidarte de tu soliloquio ya iniciado – Ya no espero que llegue a mi una persona que me toque con amor, simplemente me gustaría tener a alguien que fingiera, por un segundo, que aún le intereso después de que nuestros cuerpos gimen y vibran y se unen y se besan – Mientras decías esas palabras yo sentía tu calor sobre mi cuerpo, mientras que tu cadera giraba sobre mi cuerpo – recostado en una cama que recibía amantes, pero deseaba amores, sobre unas sábanas que disfrutaban cuando los cuerpos rozaban la tela, pero imaginaban que sería el último sudor que recibirían.

Tus ojos cerrados, tu boca buscando palabras, esperando besos, deseando tomarme entre los labios, entre gemidos y palabras fue pasando la noche. A veces yo recostado, otras, conseguía que tus piernas se colocaran tras de mi cabeza, mientras acercaba mi pelvis a la tuya. El ritmo que llevaba era el mismo que tus palabras en mi cabeza, esas que me pedían amor, no compañía, esperanza, no deseo y entre orgasmo y orgasmo fuimos quedando dormidos.

Despertaste antes que yo, y, probablemente me viste un largo tiempo, antes de que saliera el Sol, antes de que despuntara el amanecer, me besaste en la frente y, con cierto cariño, me pediste que regresara a mi casa, que durmiera en mi cama, finalmente, yo no era el que sus fotos esperaban, tu preferías dormir sola lo que quedaba de esa noche. Al cerrar tu puerta me di cuenta lo solo que estaba en esa madrugada, esperando llegar a unas sábanas frías, a una cama vacía y a una vida nocturna en donde regalábamos orgasmos a cambio de compañía. – Quizá algún día dejaremos de regalarnos -, escuché decirte en algún momento, mientras estaba entre tus piernas.

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