Café frío

Maridaje: The Go Find – Bleeding Heart

Nos mirábamos expectantes, tensos, asustados y nerviosos. Identificábamos nuestras partes del cuerpo por el tacto, por tus manos recorriendo mis antebrazos, por las mías subiendo dubitativas por encima de tu pantalón de mezclilla. Me detenía en cada uno de los huecos de tus jeans para tener, aunque fuera, un pequeño contacto con tu piel, pero nada sucedía, seguíamos distantes, alejados, extrañados.

Aceptaste a salir conmigo, quizá sólo por mi insistencia. Tampoco yo estaba muy seguro del por qué deberíamos vernos, por qué después de separarnos podríamos platicar como viejos conocidos, como si no hubieran pasado meses desde la última vez que cruzamos palabra.  – Sí, estoy sola, y al parecer tú también –  fue tu manera de aceptar mi invitación. Nuestro saludo frío fue complementado por una bebida con la misma temperatura – un frappé, a pesar del clima. Yo buscaba calentar un poco el ambiente, y la plática, con un expreso doble, cortado, para indicar a mi mente que la noche iba a requerir de más de tres de esos para poder llegar a algo.

Mis movimientos eran torpes, pesados, como si mi cerebro me obligara a retirarme de la habitación prestada, rentada, olvidada, perdida entre otras miles de habitaciones sobre Tlalpan. Mis desobedientes dedos buscaban el broche de tu brassiere, sin encontrarlo, sin ajustarse a tus movimientos que simulaban placer. Tus pies golpeaban una vez el colchón y otras mis pies, tratando de abrazar mi cuerpo y aprisionarlo contra el tuyo, pero sólo lograban resbalarse sobre mi torso desnudo.  Nuestras manos, al encontrase, se apretaban tanto hasta el grado de lastimarnos.

-Nada nuevo, lo mismo de siempre- era una y otra vez nuestra respuesta ante la superficialidad de nuestras preguntas. Pedimos el segundo y el tercero y el cuarto cafés, sin más efecto que elevar mi deseo por llamarle a alguna nueva amiga y tratar de aprovechar mi nivel de cafeína. – Hace seis meses que no estoy con alguien, o más –mientras bebías lo último de tu frappé. Regularmente era el momento perfecto para besar a alguien, ese punto vulnerable, esa pequeña puerta que obligaba a acercarse y romper la barrera personal. Quizá fue más condicionamiento que deseo, pero toqué tus labios con los míos – tu frío llegó a mi cuerpo y el calor que había dejado la última taza no logró atravesar nuestra distancia.

Ante mi imposibilidad de despojarte del bra, te sentaste a la orilla de la cama, mientras que me pedías que fuera por el condón. Lo tomé entre mis manos, indeciso si desperdiciar uno de los pocos que ya me quedaban  en esta noche. Abrí la envoltura y el sonido de la misma, se mezcló con un breve sollozo, casi imperceptible, desde tu boca. Me acerqué a abrazarte, ya sin preguntar cómo te sentías o si realmente querías pasar conmigo la noche  y te recosté suavemente junto conmigo, sobre almohadas ásperas y sábanas que nos suplicaban desquitar los más de trescientos pesos que habíamos invertido por la noche en ese lugar.

Me desperté con los golpes en la puerta reclamando la habitación, me levanté rápidamente a dar alguna excusa sobre el tiempo y que nos habíamos quedado dormidos para evitar que entraran mientras aún estábamos dormidos. Al voltear hacia la cama me di cuenta que ya no estabas, el condón seguía, sin usarse en una de las cajoneras del cuarto y entonces recordé tu beso en la mejilla mientras te vestías en la noche. – Gracias por abrazarme una noche -.

Espero saber cómo estás, alguna noche, si vuelves a llamar.

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