Un café a ojos cerrados

Maridaje: Falling to Pieces

Movías fúrica tu pelvis. Las pocas veces que el placer me permitía abrir los ojos veía como tu cabello rizado se elevaba hacia mí, casi golpeando mi cara. Tu espalda se arqueaba hacia arriba y luego bajaba, alternando con sus glúteos. La locura del momento me remitió a mis clases de física, todo tu cuerpo hacia una onda senoidal, con una frecuencia en incremento. Al parecer la única parte que no compartía el placer del momento era tu mano sobre mi boca, posicionada en una pronación poco común, simplemente para que no gritara, quizá el nombre de otra persona.

Nuestra situación sentimental nos llevó a encontrarnos en el mismo lugar. No quiero nunca volver a enamorarme, no sirve de nada, simplemente dejé mi corazón en los brazos de otra persona y me quedé vacía, agotada, fría. Yo tenía una temperatura similar en mi pecho, después de todo, creo que esa debe ser la temperatura del vacío. Si bien nunca habíamos pasado de ser conocidos, amigos lejanos que se encontraban por casualidad en las fiestas a las que iban nuestras antiguas parejas, nuestro encuentro actual buscaba llegar a mucho más.

Las sábanas de tu cama estaban arrugadas, destendidas y frías, desde que llegamos a tu habitación. Dejé de lado mis manías, mientras me arrastrabas a besos hacia el colchón. Nuestros ojos no se acostumbraban aún a la oscuridad y usábamos las manos para reconocernos, para recorrer nuestro rostro, nuestros brazos, jugueteando con el cabello del otro; abriendo uno, otro y otro botón de tu blusa, dejé al descubierto tu pecho, que quedó despojado del sostén antes que tus jeans. Ya podía sentir el sudor en tu espalda antes de que me quitaras la camisa.

A veces el sentir algo por alguien es más incidental que real, comenté antes de que me contaras la historia de tu rompimiento. El amor son momentos, es como la felicidad – lamentablemente hay que trabajar por ambos, respondiste. Entre soliloquios y frases relativamente profundas se fueron acabando los cafés; cada uno nos acercó más en aquel huequito en Miramontes. El único lugar que encontré para ir directamente a mi casa o a la tuya.

Tus manos apretaban mi cuello más y más, mientras que yo trataba de controlar las posiciones que tomábamos, sin éxito aparente. Tú eras la que tomaba las riendas, jalándome hacia tu pecho, empujándome de vuelta a la cama, tomando mi cadera cuando te fuera necesario, cruzando las piernas en mi espalda, forzando los dos cuerpos a ocupar un mismo espacio.

Desperté enredado entre las sábanas, los cobertores, nuestra ropa y tus piernas. Tus ojos seguían cerrados, me parece que no se abrieron en toda la velada, ni después de terminar conmigo, ni siquiera para tomar tu ropa interior. Quizá sea cierto que el amor entra por los ojos – mejor no nos arriesguemos, me dijiste antes de despedirme.

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