Café con ataduras

Maridaje: Lounge – Maria Gadu

Desperté varias veces en la noche, de las pocas veces que me atreví a quedarme dormido después de un encuentro, de las pocas veces que he utilizado el tiempo más para dormir que para disfrutar el cuerpo de la otra persona. Respirabas tranquila, como si fuese natural para ti dormir en camas ajenas, en brazos desconocidos. Abría los ojos incrédulos de que siguieras ahí, sin pesares, sin remordimientos, sabiendo que, pasara lo que pasara, en la mañana te tendrías que ir, con la promesa de no volvernos a encontrar.

Nos desnudamos en el café, por lo menos nos desnudamos entre insinuaciones, comentarios subidos de tono y uno que otro roce en brazos y manos. La charla era, a falta de conocernos mejor, superficial y nada intelectual. Hablamos del clima, de nuestro trabajo, de lo decepcionados que estábamos del amor y sus ramificaciones sentimentales. Hacíamos gala de nuestra vida, licenciosa, básica, en algún momento te escuche mencionar la  palabra animal – pero no recuerdo si tenía que ver con los impulsos que nos llevaron a ese café o haciendo referencia a tu ex  – no importaba, finalmente, ambas situaciones te llevaron a estar ahí conmigo.

La somnolencia me impidió darme cuenta que habías cerrado las persianas para evitar el sol de la mañana. Te acercaste lentamente por debajo de las sábanas para colocar tu pecho sobre el mío, tus labios sobre los míos, tus piernas en mi cintura. Desperté entre exhalaciones de placer y besos dirigidos a mis párpados, mejillas y boca. Sentí tu brassiere de algodón de vuelta en su lugar, manteniendo tus pechos prácticamente inmóviles. Mi cadera sintió el roce de tu ropa interior contra ella. Y mis manos, atadas al pie de la cama. Sabías que eran nudos improvisados, rápidos, simbólicos – Déjame jugar, déjate llevar, prometo no tenerte atado más de lo necesario, entiendo que no quieres anclas, sólo dame este tiempo.

Tenía ganas de tomarte en la mesa, tenías ganas de besarme en el baño, de mostrar a todos que éramos libres, que podíamos ir por la calle, sin lazos, sin conocernos, sin saber más que el nombre uno del otro, para demostrar lo fuerte que éramos, lo simple que era no involucrar al corazón en las relaciones, en los cafés, en las camas – Y es que, simplemente, son demasiados los pedazos que aún tengo que recoger para volver a querer a alguien, dijiste al entrar por la puerta de la habitación.

Me dejé llevar por las ataduras, por tus movimientos, por tus besos marcando un camino en línea recta de mi boca a mi ombligo, para volver a subir, trazando curvas con tu lengua, hasta llegar a mi cuello. Tus pies pasaron por debajo de mis piernas, ajustando a la perfección tu postura sobre mí. Las veces que separabas tu piel de la mía, podía ver tus ojos cerrados, disfrutando del contacto, del control que tenías, del dominio que ejercía el que estuviese atado y que tus uñas se hundieran suavemente en mi piel.

Quería desatarme, desnudarte, tomarte una vez más, pero eso hubiese roto la fantasía, la ilusión de control, de dominio – terminaste más de una vez, con la limitada participación de mi boca, con uno que otro movimiento de mi cadera y así, amarrado, decidiste vestirte – pensándolo bien, algunas mujeres necesitamos la seguridad de que el hombre va a estar amarrado para nosotras – lástima que tu no eres de ellos – te vi la espalda por última vez.

 

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