Café de origen

Maridaje: Cornucopia – Circus of Clowns

Tus prendas caían inexorables al piso, las mías parecían aferrarse a mi piel. Cada que tocaban la alfombra hacían un ruido estrepitoso en mi cabeza. Mis pensamientos de miedo sé unían a la duda sobre si continuar desvistiéndote. Me gustaría que tú me quitaras el bra,  me comentaste en la oscuridad, dirigiendo mis manos a tu espalda. Torpemente y con dificultad buscaba la manera de liberarte de los ganchos y permitir a tu pecho respirar libre. Me ayudaste, como lo habían hecho tres mujeres antes que tu.
Confieso que te besé por falta de palabras, por no tener la certeza de querer irme a mi casa, por no saber si necesitabas compañía, cariño, amor o sólo amistad. Te besé por compromiso y por una terca idea sobre el tipo de hombre que buscaba ser. No esperaba que tus manos tomaran mis mejillas y mucho menos que me propusiera ir a tu departamento. Te besé porque tenía que saber si iba a atreverme. La Luna apenas se asomaba por tu ventana, pero la luz era suficiente para ver tu piel, apiñonada, con las marcas que deja la ropa cuando el Sol toca más algunas partes de nosotros que otras. No podía decir que tu cuerpo era perfecto, pero me dejaba llevar por la emoción de un encuentro casual, del primer encuentro casual que había tenido.

Sentía a mis pupilas dilatarse, tratando de retener toda tu imagen dentro de mí, tratando de ocultar el terror y el asombro que me mantenía en tu cama, inmóvil. Tus besos se esparcían por mi boca, mis hombros, mis brazos, mi pecho; te divertías con mis reacciones exageradas al acercar tu boca a mi cuello, disfrutabas mis cuestionamientos morales sobre el momento, mi tendencia a sobre analizar la situación, mis palabras obligadas de afecto. Tú y yo podemos tener sexo y seguir siendo amigos, tú y yo podemos tener sexo y ser novios, pero hoy, tú y yo vamos a ser dos cuerpos buscando placer y nada más. Inmediatamente después tu lengua estaba en mi boca y tu mano en mi entrepierna.

Casualmente nos vimos en un café. En retrospectiva fue eso lo que pudo haber marcado las cientos de noches siguientes, quizá el Café Miraflores fue el facilitador para que fuéramos a tu casa, después de mis constantes quejas sobre las relaciones. Me esforzaba por no demostrar nervio, me acercaba a ti, rozaba tu brazo con mi mano, usaba el café como excusa para hablar de sexo, para liderar la conversación hacia el calor de la noche bajo tus sábanas. Decidí arriesgarme, acercando mi cuerpo, sobre la mesa y besándote en la comisura de los labios, en esa ambigua región en donde uno no sabe si debe de dar un beso en la boca o en la mejilla, en ese espacio que puede marcar la diferencia entre una despedida y un vamos a mi casa, como lo decidiste.

Después de algunos minutos de observar tu boca subir y bajar, decidí apagar mi mente consciente y ponerte de espaldas al colchón. Pude ver la sorpresa en tu cara, no esperabas que una noche en la que habías tenido que obligarme a reaccionar estuviese empezando a funcionar para ti. Jalabas con las piernas para obligarme a acercarme a ti, mientras yo tenía complicaciones para buscar un condón entre la ropa que aún estaba sobre la cama. Nada parecía salir como lo había imaginado, nada excepto tu cuerpo vibrando por mi, tu voz llamándome en la oscuridad, mis principios morales esparciéndose en la oscuridad tras cada embestida de tu pelvis.

Cada gota de sudor de nuestros cuerpos se combinaba en las almohadas, en tus sábanas y en nuestro cuerpo. Cada gemido de placer se complementaba con un beso, una caricia, una posición nueva, por lo menos para mí. A ratos mi mente regresaba a mí, me recordaba lo que estaba haciendo, que apenas te conocía, que no debería de estar haciendo esto contigo, que quizá seríamos una pareja después de hoy, en esos momentos me sacabas del trance con un movimiento súbito de tu cuerpo, una contorsión que me hacía olvidar la razón por la sensación mezclada de placer y dolor.

Todavía no amanecía, creo que ni siquiera habían pasado dos horas antes de que me despertaras con un soplido sobre mi pecho. Abrí los ojos a un techo desconocido, sintiendo pena aún por estar desnudo, en unas sábanas que no eran mías, en una cama que tenía mi olor y tus piernas enredándose entre las mías. Traté de besarte, pero regresaste a tu lado de la cama. A veces pasamos más tiempo queriendo que nos quieran, a queriendo. Dijiste mientras te vestías. Gracias por venir, esperaste a que me vistiera y te despediste con un beso en la mejilla.

Quedé sorprendido, en la puerta de tu departamento, con la Luna aun viendo mis acciones y mi pudor olvidado en tu casa, un final para un principio.

P.D. Gracias a Karla por la sugerencia musical.

 

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