Café y ligueros

Maridaje: Avicii feat. Nicky Romero – I could be the one

Estaba perdido entre tu liguero y las mezclas de sudor y demás emanaciones corporales que inundaban el ambiente con ese olor húmedo y caliente. Cuando levantaba la mirada creía ver tus ojos, en la oscuridad, suplicando que parara, suplicando por más, esperando un último orgasmo. Mi lengua disfrutaba jugar con tus piernas, pero tú tomabas el control de mi cabeza y me regresabas al centro de tu cadera. Podía observarme recostado, boca abajo, preocupado por la utilidad de las tiras elásticas que iban hacia tus medias, aún ajustadas a tus piernas, impidiendo a mi lengua jugar con tus pantorrillas.

Lo único que nos separa de mi cama, es que no me imagino con alguien como tú. Repetías esa frase como si fuera un ultimátum, como si quisieras obligarte a entenderla. Yo mantenía mi distancia, precavido, esperando el momento en el que finalmente decidieras que el café había hecho efecto. Después de unos breves sorbidos a la bebida que nos trajeron, fui perdiendo la esperanza: el café estaba aguado, insípido, quemado, mi única esperanza era que el calor del mismo te obligara a dejar de lado tus pasados rompimientos y la tristeza de no encontrar a alguien con el que pudieses pasar una noche, sin expectativas, sin obligaciones. Finalmente, acepté salir contigo, aun sabiendo cómo eres, justo por cómo eres, dirías antes de llegar a tu casa, cuando decidiste besarme.

Cada beso que te daba era derribar una muralla, cada vez que sentía tu lengua en mis labios era menos dudoso tu deseo. Todavía temblabas cuando decidiste quitarme la chamarra, y sólo la chamarra por hoy, amenazaste mientras tus manos se debatían con mi cinturón. Tratabas de detenerte, de parar el frenesí en el que habías entrado, tus manos entre mi camisa y mi pecho, tus piernas enrolladas a las mías, moviendo tu cadera, tratando de bajar los pantalones con el impulso que realizabas para mantenerte sobre mí. Trataba de retomar el control hablándote, pero las palabras ya no significaban nada cuando empezaste a morder mi cuello, sólo veía tu cabello sobre mi cara, tus ojos que huían de mi mirada cuando nos encontrábamos besando y tu aliento mezclado entre mi poca ropa y tu ímpetu.

Me fuiste adentrando en tus miedos, en tu sensación de no pertenecer, de estar alejada de tu familia, de tus amigos. Me contaste de aquellos novios que se iban por tu carácter, por tu inteligencia. Pensé que esa historia la había escuchado miles de veces. Probablemente sea el mal de nuestro tiempo, hombres que no pueden aguantar a mujeres con carácter. Esa frase fue la que llevó a tu mano sobre la mía. Sólo quiero probar cómo te sientes, si es como creí que te sentirías. Creí que yo era el que tenía las riendas de la relación hasta ese momento en el que tu palma tocó mi dorso, en el que tu otra mano tocó mi pierna; en el que, inadvertidamente te acercaste a mi boca e, inesperadamente, te alejaste de nuevo, dejándome con una leve ventisca caliente del café y tu olor.

Pocas veces me sentí tan desnudo como parado en la orilla de tu cama, mientras ibas a apagar la luz del cuarto.  Tú, aún con todas tus prendas, y yo, obligándome a recordar que el pudor lo había olvidado hace muchos meses. Regresaste entre la penumbra, lanzándome a tu cama y quitándote la blusa. Quería que llegáramos a esto, por eso me puse un liguero. Ahí fue cuando todo se detuvo, un segundo,  ante mi pregunta: ¿exactamente para qué sirve un liguero? Nos miramos en la oscuridad, sin saber si debíamos reír, o si realmente deberías de responder a mi cuestionamiento con tan poca ropa como teníamos. Entonces tomaste mis manos y las llevaste a tu cadera, bajándolas desde tu cintura hasta tus medias y ese delgado pedazo de tela que se entrelazaba entre ambos puntos, marcaba el camino que debería de seguir mi lengua.

De la misma manera en la que deslizaste tus manos hacia tus piernas, te fuiste deslizando sobre mi pecho, hasta quedar sobre mi cabeza. Mis manos continuaban intrigadas por la utilidad de las cadenas que mantenían en su lugar a tus medias. Sentía sobre mis hombros la textura de las mismas, moviéndose tras cada respiración que daba, contigo sobre mí. Jugaba a tratar de quitarla mientras movía mi cara entre tus muslos, mientras mis dedos buscaban la manera de dejarte completamente desnuda, tú te acomodabas para que mi lengua continuara con movimientos circulares, intensos, te colocabas para que mis dientes te sujetaran, a veces con cuidado, otras, con deseo.

Desperté unas horas después, seguía desnudo, seguía entre tus piernas y tú aún estabas semi-vestida, pero tus suspiros me hicieron entender que no estabas pensando en mí. Quizá el amor en el sexo sea tan útil como un liguero: se ve bien, pero no sirve para nada – dijiste. Mientras me vestía recordé que quizá un poco de amor era necesario para que el sexo fuera útil, pero sólo un poco.

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