Café entre dudas

Maridaje: Amapola – Juan Luis Guerra

La textura suave de tu piel se iba impregnando en mis manos. Trataba de reconocer tu cuerpo, tramo a tramo, con mis dedos. Uno a uno iban amenazando tu pudor, uno a uno buscaba terminar de quitarte la única prenda que te quedaba, amarrada a tu cintura. Mientras detenías mi avance, sentí como se mezclaba tu temor y tu deseo. Los besos lentamente se iban convirtiendo en bocanadas de pasión, acompañadas de giros, en unas sábanas que probablemente se habían olvidado de estos encuentros, después de tanto tiempo, después de tantos corazones rotos.

Me dije a mi misma que entre cafés y besos corrías el riesgo de enamorarte de mí, afortunadamente te me estás poniendo difícil. Quedé perplejo por la profundidad de tu reflexión, a la luz de un foco amarillo que apenas nos dejaba mirarnos. Elegí ese café para estar cerca de ti, para que la penumbra pudiese acercarnos. No estaba seguro de poder conseguir besarte, tocarte, sentirte. Después de varias veces en las que habíamos salido, el miedo que teníamos de romper la barrera de la amistad nos impedía materializar el deseo que ambos sentíamos y, esporádicamente, confesábamos.

No puedo negar que deseaba tenerte entre mis brazos, aunque fuera simplemente probar uno de tus besos. Movernos en silencio en una lucha para dejar salir nuestro erotismo. Me acerqué a tu boca por primera vez dentro de mi coche, mientras pensaba en todas las historias que podría contar el asiento en el que estabas sentada. Temí acercar mis manos a tu cuerpo, mis labios estaban asustados, pendientes de cualquier reacción negativa. Antes de que me pudiera dar cuenta estábamos tratando de reclinar los asientos para continuar con nuestro jugueteo entre mordidas y roces inapropiados por arriba de la ropa. Incluso sentía la necesidad de llevar nuestras actividades a otro nivel, abriéndome paso entre tu blusa. Llevo más de tres años sin hacer esto. Así como así, ambos detuvimos lo que estábamos haciendo para volver a introducirnos en nuestros pensamientos.

Ya en tu casa volvimos a nuestro ritual de platicar de cualquier cosa, excepto de nosotros. De esos roces que le hacen preguntarse a uno si la noche llevará a algo más o si es una acción incidental. No somos tan diferentes tú y yo, tú buscas sexo, tratando de ignorar el amor y yo busco encontrar el amor teniendo sexo contigo, quizá no enamorarme de ti, pero volver a sentir amor. Nos acercamos, lentamente, para volver a rozar nuestros labios, indecisos, tratando de reunir las fuerzas para desvestirnos y terminar el juego de seducción.

Buscaba seguir mi paso hacia tu pelvis, después de memorizar tus contornos, tus brazos, tus dedos y tu espalda. Quería continuar probándote, jugando con tu pecho, lamiendo tus piernas. Pero me detuviste y me miraste una vez más, profundo, largo. Después, un beso, que hizo que todo el cuarto se oscureciera, que tus ojos fueran lo único que quedaba para iluminar la noche. Giraste tu cuerpo y cerraste los ojos. Esperaremos otra noche, una en donde no pueda enamorarte. Hasta ese momento me sentí realmente desnudo, tomé mi ropa y te guardé en mi recuerdo hasta encontrar mis sábanas, solitarias.

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