Café cortado

Maridaje: Nightjar – Sleepthief

Caminábamos, lado a lado, dudosos de nuestras intenciones. Veía cómo ibas cambiando de opinión mientras nos acercábamos a tu puerta. No es sólo porque entres a mi casa, es porque no sabía si realmente te atraía – me confesaste algunos meses después. Habíamos decidido pedir el café para llevar, había demasiada gente en el lugar como para poder platicar. Sé que es parte de tu rutina, lo he leído, pero prefiero conocerte sola y escucharte antes de desnudarnos, antes de que desaparezcas en la mañana.

El ardor de nuestros cuerpos se unía en un rictus que viajaba entre dolor y placer. La mirada de tus ojos en la oscuridad, con ese breve reflejo de malicia me cautivaba y me mantenía deseando más. La luz que entraba de los faroles de la calle le daba un tono amarillo desgastado al juego de navajas que habías sacado de tu librero. La poca mente racional que aún estaba activa en mi mente, pedía cuidarme de las lesiones, trataba de generar explicaciones para el día siguiente en la oficina, intentaba analizar mi guardarropa para seleccionar algo que cubriera los pequeños cortes que ibas realizando, sistemáticamente, en mi espalda, en los muslos, en mi abdomen.

Ya en tu sala tus ojos cambiaban de inocencia velada a deseo desmedido. Tu cuerpo se acercaba al mío, tus manos a veces jugaban con mi pelo y otras mantenían tu espacio personal protegido. Tus señales eran tan diversas que no sabía cómo proseguir, desde el principio de nuestro encuentro habías alterado mi patrón, lanzabas frases al azar, recordaba alguna que había escrito antes. En mi cabeza escuchaba a amigos diciendo que no era seguro salir con alguien que había conocido por internet, especialmente con un mensaje tan atrevido como el tuyo. Supuse que era mejor confesarte eso. Sólo quería tener a alguien que me recordara, aunque fuera una historia de café, aunque fuera sólo una noche. Tu mensaje leía: No te conozco, pero quiero que me escribas, que me tomes.

Creo que contigo puedo hacer cosas que siempre he deseado hacer. Es la ventaja de que no sepas decir que no – fue ahí cuando dejaste de lado las navajas para sacar un estuche con algunas agujas. Mi instinto de auto preservación y mi conocimiento de la mala cicatrización que me caracteriza me obligaban a decir que no. Al parecer te diste cuenta de mi duda y terminaste de desnudarme entre besos. Ahí, recostado boca arriba te sentaste sobre mí e iniciaste un movimiento pélvico circular rítmico e intenso. A veces lograba abrir los ojos para mirarte disfrutando, como si estuvieses escuchando música. Tus piernas se iban cerrando a mi costado, mientras bajabas tu pecho para juntarlo con el mío. Al apretar sentía como tu interior se calentaba, como se reducía el espacio, como ibas, poco a poco haciendo más firmes el vaivén de tu cintura. Mis impulsos se adueñaron de mí y te giré.

Jalabas más y más las piernas y mis manos se fueron deslizando de tus hombros a tu cuello. La intensidad del momento hacía que apretara los dedos, tus gemidos se transformaron en respiraciones forzadas y tus manos trataban de separar agarre. Aun así lograste alcanzar las agujas que habías sacado y tomaste la primera para asentarla en mi espalda. El dolor hizo que dejara de apretar tu cuello, pero seguíamos envueltos en una espiral de placer y violencia, entre vaivenes de tus ojos, cambiando de ternura a deseo, de tímidos a rabia y, tras cada embestida, sentía las pequeñas agujas clavándose más y más en mi piel. La sangre se combinaba con el sudor y nuestros gemidos, con expresiones de dolor.

Ya en mi cama, el ardor de las lesiones punzaba cada vez más, me preparé una taza de café para aminorar la sensación. Mi cuerpo pedía descansar, pero tenía un nuevo mensaje tuyo en Facebook: gracias por no decir que no, cuando me lea en tu blog quizá decida volverte a ver. Quizá…

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