Café impersonal

Maridaje: Secret Fear – Daniel Bedingfield

Tenía veinte pesos y un condón en la bolsa cuando me llegó tu mensaje para vernos. Iba caminando hacia mi coche con la duda de responderte o no. Ya habíamos pasado por el tortuoso proceso en el que tú tratabas de dejar a tu novio, usándome de excusa, buscando enamorarte de alguien más. Toqué las monedas dentro de mi pantalón, ni siquiera traía mi cartera, sólo había salido por un café. Decidí verte, sin expectativas, con la certeza de que ibas a lastimarme de nuevo, que me usarías de nuevo, que volvería a mi casa cabizbajo y sin esperanza de tener algo más contigo.

No podías negar que lo primero en tu mente era venganza, odio, molestia. No hubiese importado si yo tuviera la fuerza de voluntad para negarme, tus manos ya jugueteaban con mi rostro mientras ordenábamos un café, de postre. De entre los que conozco eres de los peores, eres de los más rotos, no voy a tratar de arreglarte, ni siquiera creo poder arreglarme a mi haciendo esto, sólo quiero disfrutar tu dolor y el mío entre mis sábanas. Sentí que habías preparado ese monólogo años antes, que llevabas pensándolo desde la primera vez que te besé, desde que te confesé que me gustaría llevar las cosas más lento, retroceder el tiempo, no sólo vernos en una cama.

Mis ojos se mantuvieron alerta todo el tiempo, abiertos, viendo cómo disfrutabas a momentos, cómo tu mente viajaba y recordaba otras manos, otras caricias, otro cuerpo. Tus piernas no se ajustaban a mi cintura, todavía tenían la idea de estar con alguien más. Tus labios se movían al ritmo de otra boca, a veces parecía que iban a pronunciar otro nombre, dudaban y finalmente quedaban mudos, entre sombras, entre recuerdos, sudores e historias. a ratos, nos quedábamos dormidos, dudando de si estar ahí o irnos, de si realmente queríamos estar juntos al día siguiente, si realmente íbamos a hacer todo el proceso de despertarnos, mirarnos, besarnos, desayunar juntos, bañarnos y decirnos las palabras que siempre se dicen: nos vemos, te marco, me marcas, buen fin de semana, que todo salga bien, espero verte pronto….para luego irnos y no volver a hablar hasta que tuviéramos otro desastre sentimental.

Ahí entre sábanas, entre sudores, en medio de una noche que amenazaba con amanecer, tomaste mi mano y la pusiste entre tus piernas. Ya no quiero que me beses, voy a disfrutarte una vez más, pero como si no estuvieras aquí. Comenzaste el movimiento con tus dedos y los míos, jugabas con la textura de mi piel, a veces más profundo, a veces esperabas y te dabas tu tiempo. Yo trataba de entender tu cadencia, de diferenciar las veces que pensabas en mí, en ti, en otros, en él. Cerré los ojos por primera vez en la noche, creo que empezaba a disfrutar de lo impersonal del momento, de la ironía que era querer quererte sin que quisieras a alguien más, pero, a la vez, entender que eso no pasaría, que querer era demasiado para mí.

Te dejé dormir y salí sin hacer ruido. Sabía que no te importaría, me lo habías dicho en la cena. Tomé la calle hacia donde había dejado mi coche, roto, sin solución, dañado, con veinte pesos en la bolsa y sin el condón en la otra, sabiendo que no había redención para mi.

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