Café por horas

Maridaje: De cara a la pared – Lhasa de Sela

Las paredes podrían haber contado miles de historias. Tenían restos de pintura vieja, una mezcla de colores que nos remitían a la posibilidad de la promiscua participación de los muros en más de un encuentro casual. No esperaba menos para un lugar que habíamos encontrado en nuestro trayecto, al parecer errático, en busca de un lugar en donde no nos sintiéramos obligados a quedarnos. El deseo incrementándose cada vez que, de forma sutil y practicada, rozaba mi mano contra tus piernas, tras de mover la palanca de velocidades. Habíamos decidido vernos en un café sobre Avenida Chapultepec, no conocía en ese entonces ninguno por esa zona, así que dejé que tu guiaras mi paladar.

Pudiste gritar, pude disfrutarte, pudimos vernos temer a lo que nuestros ojos decían, cerrándolos cuando el otro los abría, abriéndolos para mezclar placeres y gustos, besos y deseos. Perdíamos el control a veces, aunque otras, teníamos que mantener nuestros sentimientos a raya, después de todo, era sólo una noche, era simplemente porque debía de pasar, teníamos que hacerlo, nuestros cuerpos nos obligaban. Ahí parados, ante una ventana que dejaba entrar un poco de la luz de la calle, intentábamos quitarnos la ropa como si estuviésemos escuchando una melodía con tonos que alternaban entre lo frenético y lo típico. Quizá sea un reflejo de lo que nosotros somos – dijiste para ti, pero en ese espacio tan reducido entre los dos, pude reflexionar lo mismo.

Podía sentir las historias gestándose en el centro de esas cuatro paredes, en esa cama con los resortes vencidos, en las colchas de nailon que han sentido miles de pieles, millones de litros de sudor y toneladas de otros fluidos, a los que pronto se agregarían los nuestros. Una vez que habíamos tomado la decisión de continuar con nuestro juego de atracción, con nuestra mascarada de templanza y erotismo. Debajo de la ropa, en la desnudez de un cuarto que pedía sexo, nosotros queríamos amor. Lo poco que restaba de mi expresso se enfriaba mientras, gota a gota nuestros cuerpos se mezclaban, entre besos sin claro significado, entre sabores que dudaban si mantenerse en el cuarto o permanecer en nuestras bocas cuando nos dijéramos adiós.

La única manera de ser directos, es serlo, no necesito que me enamores con frases vacías, ni que me digas que mis ojos se ven más bellos bajo la luz del café – sólo necesito saber que no hay amor, que entre nosotros todo era deseo, que terminando contigo podré seguir con mi vida y no volverás a estar en mi mente – que no me dejarás, porque nunca estuviste conmigo. Sorbo a sorbo íbamos acercándonos más, yo jugando a seducirte, tú, tratando de mantenerte firme en tu búsqueda de una historia de una noche.

Te tomé de la cadera, lejos de la cama, sobre una de las paredes, con el papel tapiz desgarrado, con la pintura maltrecha, con tus dedos haciendo mella en las miles de manos que alguna vez clamaban sólo buscar pasión por la noche, por las horas que pagaron, por los encuentros momentáneos. Cada que nos movíamos la luz iba y venía de tu rostro, entre jadeos y respiraciones te tomaba del pecho, bajabas una mano a mi pierna, mientras la otra te ayudaba a mantener el equilibrio. Además de nuestra respiración podía escuchar tus uñas rozando contra el trazado del muro, dando un ritmo un tanto tribal a nuestro ir y venir.

Ni siquiera habíamos levantado las sábanas y, aun así, el lugar parecía desordenado, oscuro, sospechoso, trataba de alejarnos de ahí, después de habernos dado sólo lo que prometía, unas horas de placer, sin amor, sin cariño. Eso prometes tú también – dijiste al cerrar la puerta tras de nosotros y caminar, sin tomarnos de la mano, el corredor que nos llevaría hacia la salida.

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