Café frente a frente

Maridaje: “Chin Up, Son” – We are the Ocean

Nos encontramos frente a frente, con el sudor de los movimientos de los cuerpos rozando nuestra piel durante el concierto. Todos ellos al ritmo de la música, todos fascinados por las sonoras ondas de las bocinas. No nos hablábamos, sólo dejábamos a nuestras miradas la labor de ruborizar nuestra cara, a nuestros cerebros la intención de no mostrar nuestra atracción. Esperábamos enmascarar nuestras intenciones, no acercarnos, no ignorar lo complicado de nuestra situación – tú con tu ex – pareja, yo con su mejor amiga.

Me pedías que terminara una vez más, ya lo había hecho por lo menos dos veces durante la noche y mi cuerpo estaba exhausto. Por momentos te detenías a mirarme, a asegurarte que no me hubiese dado cuenta que no habías llegado. Hacías las pausas en medio del caos de emociones que sentíamos, deseo, odio, rencor, espera, ansiedad y culpa; quizá lo único que esperabas era el momento en el que tuvieras que fingir, un orgasmo, un amor o una despedida para siempre. Me recosté a tu lado y veía en tus ojos el temor que viene tras un encuentro que nadie esperaba, ese momento en donde ambos nos damos cuenta de nuestra desnudez y de lo poco que conocemos a la persona a nuestro costado. Creo que nunca he tenido un orgasmo con un hombre – rompiste el silencio incómodo con una bala a mi ego.

Intenté acercarme a ti sin tocarte, sin provocar que cualquiera de nuestras parejas se molestaran por dejarlas solas. Los movimientos de la multitud, casi orgánicos, provocaban que nos uniéramos como si fuesen ellos los que estuvieran decidiendo nuestro encuentro. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca te propuse salir de ahí, sin nuestros compañeros, para ir por un café. Ambos nos sentíamos fuera del lugar en ese espacio tan impersonal, tan público. Ninguno de los otros dos nos reclamó el irnos, sabían cómo éramos.  El café más cercano lo encontré a 30 minutos del foro – todo el trayecto veníamos inmersos en nuestros pensamientos, moviste tu mano hacia la palanca de velocidades, yo te rocé,  con malicia.

El placer en la cama debe ser deseo y terminar con una buena platica, para no sentirnos tan usados. Deben de haber sábanas y una pequeña cantidad de cariño, lo suficiente para no enamorarnos  – te levantaste de la cama y caminaste hacia el baño de tu pequeño departamento. El cabello que llegaba hasta tu cintura trataba de vestir tu contorno.  La luz no me permitía más que ver sombras. Caí en un sueño profundo mientras te arreglabas.

Salimos del café, solos, con el paladar inundado de dos bebidas cargadas cada uno, para quitarnos el mal sabor de boca de haber estado en medio de la multitud. Todavía no lográbamos romper la barrera que nos poníamos al saber que sólo sería una noche, que, a pesar de la atracción que sentíamos, esto no podía pasar de hoy. Decidiste acercarte a mí, con tus manos en mi pecho, permitiendo alejarte si era necesario, te besé despacio, explorando tus reacciones y, poco a poco, fui bajando mis manos para tomarte de la cintura y llevarte a mi coche.

Regresaste del baño sin que me diera cuenta. Me besaste, con deseo, con cariño, me tomaste de nuevo entre tus piernas y guiaste segundo a segundo mis movimientos. Todavía podía sentir el remanente de café en tu lengua. Tus manos me obligaban a seguir moviendo mi cuerpo sobre el tuyo. Mi cuerpo trataba de mantener tu ritmo, mi boca trataba de no dejar de besarte. Tu fuerza aumentaba, tu ritmo se volvía más frenético. Empezaste a decirme qué hacer, a guiarme por tu cuerpo, a tocarte como te gustaba que te tocaran. Usabas tus manos, mi cuerpo, el tuyo, mis manos y mi boca. No dije que no a ninguna de tus instrucciones, simplemente seguía lo que querías que hiciera.

Esas horas me explicabas cómo sentías el que te tocara, cuánto placer generaba, dónde debía hacerlo. Esos momentos en donde ese pequeño cariño lograba unirse con el deseo, era cuando nos mirábamos, frente a frente, desnudos, al mismo ritmo, en una misma cama. Las sábanas quedaron desordenadas, tu ropa, esparcida por el suelo. En el aire podía percibirse la humedad de la noche. Terminé una vez más. Esta vez te miraba directamente, a pesar de la oscuridad. Yo prefiero que me veas, con los ojos abiertos, así recuerdo quién eres y por qué no debo enamorarme de ti. Quizá no fue una noche completa para mí, pero ya me compensarás con un café otra noche, o, tal vez, una historia.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s