Café en tiempos

Maridaje:  “You’re a Star” – Balligomingo

El calor dentro de las sábanas hacía que buscara aire fuera de ellas, pero tú mantenías la presión sobre mis muslos, sin dejarme salir. Me besabas desesperadamente, entre nuestra necesidad por aire y el poco tiempo con el que contábamos, nuestras bocas disputaban entre mantener nuestra pasión o respirar. No podíamos vernos entre la oscuridad del cuarto y la tela que nos cubría completamente.

Era una de esas reuniones absolutamente innecesarias, en donde dos familias, sin ningún tipo de voluntad, se unían por algún compromiso hecho a la ligera. Ambos estábamos ahí por presión social, ambos solteros, los dos sin ningún tipo de relación en mucho tiempo. Era de esperarse que la decencia y la tradición les llevaran a nuestros seres queridos a tratar de relacionarnos.

Nuestros cuerpos fluían con facilidad. Se deslizaban entre el sudor, la saliva y lo poco que quedaba de pudor entre nosotros. Lo tendremos que hacer con la luz apagada, de otro modo me daría pena. Comentaste mientras tratabas de convencerte que no debías estar en tu cuarto conmigo. Esperé a que regresaras a mi entre la oscuridad del lugar. Cuando mis ojos se acostumbraron finalmente al espacio, te vi, aún parada junto a la puerta, inmóvil, dudosa. Me acerqué con cuidado, tratando de no hacer ruido y te besé en la mejilla. Está bien – tomaste mi mano y me guiaste, despacio, a tu cama.

Rozaba tu pierna con mi mano, para que notaras que me atraías. Trataba de hablarte al oído, lo más cerca posible a ti. Con lo que me habían contado antes de presentarnos era suficiente para saber por qué estabas sola. Él había decidido irse, sin ti, sin preguntarte, sin avisar. Un día recibiste la llamada diciendo que ya estaba lejos. Después de tres años, en eso terminaba. Aparentabas mucha seguridad, esa actitud que te ayudaba a alejar a todos los que te habían presentado antes, confesaste más tarde.

Mis manos se veían atrapadas continuamente entre las tuyas. Tu indecisión sólo provocaba que mi excitación fuera mayor, trataba de usar un poco de fuerza, la necesaria para que me volvieras a atrapar, sin dejar que te tocara por debajo de la cintura. Cada caricia que me hacías, se acercaba más a desabrochar mi pantalón. Cuando tratabas de quitarme la camiseta te detuviste por un segundo, me viste directo a los ojos, silente, esperando a que yo me negara. Te tomé por la cintura, sin vacilación y te besé. Lentamente nuestras bocas iban realizando los mismos movimientos que nuestros cuerpos, se retorcían en el deseo de tenernos.

Mi ropa fue cayendo sobre la alfombra, la tuya, se mantenía en tu cuerpo. Me separaste de ti y te levantaste de la cama. Cierra los ojos. Ante mi negativa fuiste al vestidor. Me vi tentado a seguirte, quería provocarte, que dijeras que no, que hicieras lo correcto, pero el tiempo que teníamos antes de que llegaran tus papás era escaso y aún teníamos que lavar los platos que usamos en nuestra cena y las tazas de café a medio tomar.

Me invitaste a tu casa el viernes siguiente al día que nos conocimos. Tus papás habían salido al cine y creías que era un buen momento para conocer al personaje detrás de las historias que habías leído. No aparentas ser esa persona cuando te conocen. Hacías referencia a cómo fue difícil hacerte creer que yo había escrito y vivido esas historias que leíste en la semana. No me atraes, ni siquiera me gustaste cuando nos presentaron, simplemente quiero entender por qué lo haces.

Dentro de tu cama, el espacio era tan reducido, tan ajustado que nuestras caricias parecían estar limitadas a unos cuantos roces. Tu pudor era tal que sólo dejabas que te besara el cuello, que sólo admitías que rozara tus brazos. Tus manos estaban inquietas, no sabían en donde estar, unas veces las pasabas por mi cabello, otras, trataban de acariciar mi espalda, siempre con cautela.

Nunca había estado con otro hombre que no hubiera sido él – me da miedo que al tocarte, sienta que lo toco a él. No entiendo por qué  tu olor es tan distinto, tus besos tan incómodos. La escuchaba con atención, así, dentro de sus sábanas, desnudos. Yo escuchaba, entre la oscuridad y el calor, convencido de que era una mala idea alejarte de tus recuerdos. Conforme hablabas de él, entendía que esa parte de ti siempre estaría perdida, vacía.

Salimos una vez de la cama, mientras aún me contabas sobre cuánto lo extrañabas. Bajé por el café restante y subí las dos tazas. Tus papás estarían a punto de llegar. Sorbimos lo que antes había sido una excusa para besarnos – dices que el café es afrodisiaco, quisiera sentir lo que sabes con él la boca, dijiste antes de besarme.  Cuando puse mi taza sobre tu mesa de noche, me tomaste entre tus brazos y me pediste que te besara como él lo hubiera hecho – que te tocara como él lo hacía.

Llevabas mis manos a tu cadera, siempre con los ojos cerrados. Te dejabas llevar por nuestros movimientos hacia arriba y hacia abajo. Cuando abrías los ojos, notaba un cierto resplandor en ellos, una mezcla entre nostalgia, deseo y dolor. Mientras más me obligabas a entrar tu espalda se arqueaba para mantenerme ahí. Tus movimientos se tornaban circulares y mantenías mi cuerpo cerca del tuyo. Con dificultad, te coloqué sobre mí, tu pecho pegado al mío. Sentía cómo tu corazón palpitaba fuerte, tus brazos, debajo de mis axilas te daban el perfecto soporte para continuar con el movimiento continuo de tu cuerpo.

Cada vez que terminabas dejabas salir un sollozo y luego volvías a un ritmo lento y pausado, pero continuo. Sabíamos que teníamos que apurarnos, pero tus piernas me apretaban con más fuerza minuto a minuto. Alternábamos nuestra postura, a veces tú arriba, otras lograba mantenerte debajo y, poco a poco, lograba encontrar puntos que te sorprendían, caricias que hacían que tu cuerpo se torciera hacia los lados, besos en los que apretabas el abdomen con más fuerza para resistir. Tu frenesí se iba haciendo mayor conforme más me debas la libertad de abrir tus piernas con cuidado y moverme en esa posición.

Recostados, de lado, lo único que podía ver era tu desordenado cabello sobre la almohada. Mi mano izquierda todavía jugueteaba con tu pecho, mientras que tu mano derecha sostenía mi brazo bajo tu cabeza. Por un momento, logré olvidarlo, espero que no necesite de alguien más para olvidarme de ti.

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