Café en tus besos

Maridaje: Jessica Cornish – Sexy Silk

Contigo sobre mi cuerpo trataba de no perderme. La oscuridad sólo se veía alterada por el gran ventanal y las luces de la ciudad que venían de afuera. Tus manos tomaban mi cabello y lo jalaban hasta que me escuchabas gemir. Trataba de ser yo el que controlara tu cadera, pero tenías tu ritmo, uno al que no me acostumbraba, uno al que no podía alcanzar. Mis intentos de girar se veían limitados cuando arqueabas la espalda hacia atrás y tomabas mis tobillos. Estas contorsiones provocaban dolor y placer en mí y no me quedaba más que seguir tu momentum. 

Las tazas de café se habían amontonado en la mesa. Nos habíamos sentado cerca de la salida, ahí donde ambos pudiésemos escapar si era necesario. Tu vestir conservador confundía a mis sentidos. Con un beso te voy a borrar esa confianza – dijiste ante alguno de mis comentarios provocadores. Creí que mentías, así que continué insinuando posiciones y lugares para ir después de nuestro encuentro en público. Tomaste un sorbo de tu café y te acercaste a mí, rápido, para verter la bebida en mi boca. Sentía la mezcla de sabores entre tu boca, el café cayendo en mi mentón y tu lengua jugueteando con mis labios. El mesero nos interrumpió con la cuenta.

Desperté con tu cuerpo acariciando al mío con una mano, la otra ya estaba trabajando sobre el tuyo. Por el olor, parecía que ya llevabas un tiempo jugando. Te acercabas a mi boca cada vez más sugestiva, cada vez más jadeante. Tus piernas trataban de escalar mi cadera mientras que me dirigías hacia dentro de ti. Llevaste tu mano dentro de mi boca, para que te saboreara, para que sintiera la diferencia entre tu aliento de café y el aroma de tu cuerpo. Volvías a moverte, ahora más despacio.

Tu chaleco y tu camisa quedaron en el piso. Yo me levanté aún confundido por los sabores y olores que aún estaban en mi mente. Conforme buscaba mi ropa en la oscuridad, podía ver el contorno de tu cuerpo desnudo bajo una ligera sábana. Las luces de la ciudad creaban algunas sombras que intensificaban tu figura. Respirabas tranquila, cansada. Si vas a irte, no me despiertes, quiero creer que regresarás – me dijiste antes de dormir la noche anterior. Tomé una taza de café que habías preparado cuando llegamos a tu casa y cerré tu puerta. La ciudad me recibía con un viento que aún me recordaba a ti.

¿Nos veremos mañana? Envié el mensaje de texto y esperé a que me contestaras.

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