Café en tiempos

Maridaje:  “You’re a Star” – Balligomingo

El calor dentro de las sábanas hacía que buscara aire fuera de ellas, pero tú mantenías la presión sobre mis muslos, sin dejarme salir. Me besabas desesperadamente, entre nuestra necesidad por aire y el poco tiempo con el que contábamos, nuestras bocas disputaban entre mantener nuestra pasión o respirar. No podíamos vernos entre la oscuridad del cuarto y la tela que nos cubría completamente.

Era una de esas reuniones absolutamente innecesarias, en donde dos familias, sin ningún tipo de voluntad, se unían por algún compromiso hecho a la ligera. Ambos estábamos ahí por presión social, ambos solteros, los dos sin ningún tipo de relación en mucho tiempo. Era de esperarse que la decencia y la tradición les llevaran a nuestros seres queridos a tratar de relacionarnos.

Nuestros cuerpos fluían con facilidad. Se deslizaban entre el sudor, la saliva y lo poco que quedaba de pudor entre nosotros. Lo tendremos que hacer con la luz apagada, de otro modo me daría pena. Comentaste mientras tratabas de convencerte que no debías estar en tu cuarto conmigo. Esperé a que regresaras a mi entre la oscuridad del lugar. Cuando mis ojos se acostumbraron finalmente al espacio, te vi, aún parada junto a la puerta, inmóvil, dudosa. Me acerqué con cuidado, tratando de no hacer ruido y te besé en la mejilla. Está bien – tomaste mi mano y me guiaste, despacio, a tu cama.

Rozaba tu pierna con mi mano, para que notaras que me atraías. Trataba de hablarte al oído, lo más cerca posible a ti. Con lo que me habían contado antes de presentarnos era suficiente para saber por qué estabas sola. Él había decidido irse, sin ti, sin preguntarte, sin avisar. Un día recibiste la llamada diciendo que ya estaba lejos. Después de tres años, en eso terminaba. Aparentabas mucha seguridad, esa actitud que te ayudaba a alejar a todos los que te habían presentado antes, confesaste más tarde.

Mis manos se veían atrapadas continuamente entre las tuyas. Tu indecisión sólo provocaba que mi excitación fuera mayor, trataba de usar un poco de fuerza, la necesaria para que me volvieras a atrapar, sin dejar que te tocara por debajo de la cintura. Cada caricia que me hacías, se acercaba más a desabrochar mi pantalón. Cuando tratabas de quitarme la camiseta te detuviste por un segundo, me viste directo a los ojos, silente, esperando a que yo me negara. Te tomé por la cintura, sin vacilación y te besé. Lentamente nuestras bocas iban realizando los mismos movimientos que nuestros cuerpos, se retorcían en el deseo de tenernos.

Mi ropa fue cayendo sobre la alfombra, la tuya, se mantenía en tu cuerpo. Me separaste de ti y te levantaste de la cama. Cierra los ojos. Ante mi negativa fuiste al vestidor. Me vi tentado a seguirte, quería provocarte, que dijeras que no, que hicieras lo correcto, pero el tiempo que teníamos antes de que llegaran tus papás era escaso y aún teníamos que lavar los platos que usamos en nuestra cena y las tazas de café a medio tomar.

Me invitaste a tu casa el viernes siguiente al día que nos conocimos. Tus papás habían salido al cine y creías que era un buen momento para conocer al personaje detrás de las historias que habías leído. No aparentas ser esa persona cuando te conocen. Hacías referencia a cómo fue difícil hacerte creer que yo había escrito y vivido esas historias que leíste en la semana. No me atraes, ni siquiera me gustaste cuando nos presentaron, simplemente quiero entender por qué lo haces.

Dentro de tu cama, el espacio era tan reducido, tan ajustado que nuestras caricias parecían estar limitadas a unos cuantos roces. Tu pudor era tal que sólo dejabas que te besara el cuello, que sólo admitías que rozara tus brazos. Tus manos estaban inquietas, no sabían en donde estar, unas veces las pasabas por mi cabello, otras, trataban de acariciar mi espalda, siempre con cautela.

Nunca había estado con otro hombre que no hubiera sido él – me da miedo que al tocarte, sienta que lo toco a él. No entiendo por qué  tu olor es tan distinto, tus besos tan incómodos. La escuchaba con atención, así, dentro de sus sábanas, desnudos. Yo escuchaba, entre la oscuridad y el calor, convencido de que era una mala idea alejarte de tus recuerdos. Conforme hablabas de él, entendía que esa parte de ti siempre estaría perdida, vacía.

Salimos una vez de la cama, mientras aún me contabas sobre cuánto lo extrañabas. Bajé por el café restante y subí las dos tazas. Tus papás estarían a punto de llegar. Sorbimos lo que antes había sido una excusa para besarnos – dices que el café es afrodisiaco, quisiera sentir lo que sabes con él la boca, dijiste antes de besarme.  Cuando puse mi taza sobre tu mesa de noche, me tomaste entre tus brazos y me pediste que te besara como él lo hubiera hecho – que te tocara como él lo hacía.

Llevabas mis manos a tu cadera, siempre con los ojos cerrados. Te dejabas llevar por nuestros movimientos hacia arriba y hacia abajo. Cuando abrías los ojos, notaba un cierto resplandor en ellos, una mezcla entre nostalgia, deseo y dolor. Mientras más me obligabas a entrar tu espalda se arqueaba para mantenerme ahí. Tus movimientos se tornaban circulares y mantenías mi cuerpo cerca del tuyo. Con dificultad, te coloqué sobre mí, tu pecho pegado al mío. Sentía cómo tu corazón palpitaba fuerte, tus brazos, debajo de mis axilas te daban el perfecto soporte para continuar con el movimiento continuo de tu cuerpo.

Cada vez que terminabas dejabas salir un sollozo y luego volvías a un ritmo lento y pausado, pero continuo. Sabíamos que teníamos que apurarnos, pero tus piernas me apretaban con más fuerza minuto a minuto. Alternábamos nuestra postura, a veces tú arriba, otras lograba mantenerte debajo y, poco a poco, lograba encontrar puntos que te sorprendían, caricias que hacían que tu cuerpo se torciera hacia los lados, besos en los que apretabas el abdomen con más fuerza para resistir. Tu frenesí se iba haciendo mayor conforme más me debas la libertad de abrir tus piernas con cuidado y moverme en esa posición.

Recostados, de lado, lo único que podía ver era tu desordenado cabello sobre la almohada. Mi mano izquierda todavía jugueteaba con tu pecho, mientras que tu mano derecha sostenía mi brazo bajo tu cabeza. Por un momento, logré olvidarlo, espero que no necesite de alguien más para olvidarme de ti.

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Café frente a frente

Maridaje: “Chin Up, Son” – We are the Ocean

Nos encontramos frente a frente, con el sudor de los movimientos de los cuerpos rozando nuestra piel durante el concierto. Todos ellos al ritmo de la música, todos fascinados por las sonoras ondas de las bocinas. No nos hablábamos, sólo dejábamos a nuestras miradas la labor de ruborizar nuestra cara, a nuestros cerebros la intención de no mostrar nuestra atracción. Esperábamos enmascarar nuestras intenciones, no acercarnos, no ignorar lo complicado de nuestra situación – tú con tu ex – pareja, yo con su mejor amiga.

Me pedías que terminara una vez más, ya lo había hecho por lo menos dos veces durante la noche y mi cuerpo estaba exhausto. Por momentos te detenías a mirarme, a asegurarte que no me hubiese dado cuenta que no habías llegado. Hacías las pausas en medio del caos de emociones que sentíamos, deseo, odio, rencor, espera, ansiedad y culpa; quizá lo único que esperabas era el momento en el que tuvieras que fingir, un orgasmo, un amor o una despedida para siempre. Me recosté a tu lado y veía en tus ojos el temor que viene tras un encuentro que nadie esperaba, ese momento en donde ambos nos damos cuenta de nuestra desnudez y de lo poco que conocemos a la persona a nuestro costado. Creo que nunca he tenido un orgasmo con un hombre – rompiste el silencio incómodo con una bala a mi ego.

Intenté acercarme a ti sin tocarte, sin provocar que cualquiera de nuestras parejas se molestaran por dejarlas solas. Los movimientos de la multitud, casi orgánicos, provocaban que nos uniéramos como si fuesen ellos los que estuvieran decidiendo nuestro encuentro. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca te propuse salir de ahí, sin nuestros compañeros, para ir por un café. Ambos nos sentíamos fuera del lugar en ese espacio tan impersonal, tan público. Ninguno de los otros dos nos reclamó el irnos, sabían cómo éramos.  El café más cercano lo encontré a 30 minutos del foro – todo el trayecto veníamos inmersos en nuestros pensamientos, moviste tu mano hacia la palanca de velocidades, yo te rocé,  con malicia.

El placer en la cama debe ser deseo y terminar con una buena platica, para no sentirnos tan usados. Deben de haber sábanas y una pequeña cantidad de cariño, lo suficiente para no enamorarnos  – te levantaste de la cama y caminaste hacia el baño de tu pequeño departamento. El cabello que llegaba hasta tu cintura trataba de vestir tu contorno.  La luz no me permitía más que ver sombras. Caí en un sueño profundo mientras te arreglabas.

Salimos del café, solos, con el paladar inundado de dos bebidas cargadas cada uno, para quitarnos el mal sabor de boca de haber estado en medio de la multitud. Todavía no lográbamos romper la barrera que nos poníamos al saber que sólo sería una noche, que, a pesar de la atracción que sentíamos, esto no podía pasar de hoy. Decidiste acercarte a mí, con tus manos en mi pecho, permitiendo alejarte si era necesario, te besé despacio, explorando tus reacciones y, poco a poco, fui bajando mis manos para tomarte de la cintura y llevarte a mi coche.

Regresaste del baño sin que me diera cuenta. Me besaste, con deseo, con cariño, me tomaste de nuevo entre tus piernas y guiaste segundo a segundo mis movimientos. Todavía podía sentir el remanente de café en tu lengua. Tus manos me obligaban a seguir moviendo mi cuerpo sobre el tuyo. Mi cuerpo trataba de mantener tu ritmo, mi boca trataba de no dejar de besarte. Tu fuerza aumentaba, tu ritmo se volvía más frenético. Empezaste a decirme qué hacer, a guiarme por tu cuerpo, a tocarte como te gustaba que te tocaran. Usabas tus manos, mi cuerpo, el tuyo, mis manos y mi boca. No dije que no a ninguna de tus instrucciones, simplemente seguía lo que querías que hiciera.

Esas horas me explicabas cómo sentías el que te tocara, cuánto placer generaba, dónde debía hacerlo. Esos momentos en donde ese pequeño cariño lograba unirse con el deseo, era cuando nos mirábamos, frente a frente, desnudos, al mismo ritmo, en una misma cama. Las sábanas quedaron desordenadas, tu ropa, esparcida por el suelo. En el aire podía percibirse la humedad de la noche. Terminé una vez más. Esta vez te miraba directamente, a pesar de la oscuridad. Yo prefiero que me veas, con los ojos abiertos, así recuerdo quién eres y por qué no debo enamorarme de ti. Quizá no fue una noche completa para mí, pero ya me compensarás con un café otra noche, o, tal vez, una historia.

 

 

Café ajeno

Maridaje: Love is not enough – Above & Beyond

No quiero jugar hoy a querernos, no quiero jugar a que me abrazas, no quisiera jugar al amor. Tus palabras retumbaban en las paredes de la habitación como si quisieran quedarse ahí por siempre, como si las dijeras para alguien más, que vendría después o que vino antes. Ni siquiera me estabas viendo, con tus brazos amarrados a mi cuerpo y mis manos trazando pequeñas figuras en tu espalda. Es un juego, nada más, pero es uno en el que empiezas creyendo que tienes el control de tus piezas, de las reglas y, al día siguiente, todo cambia y ya estás perdido en los ojos de la otra persona.

Quizá sí flotabas cuando te veía cerca de él, se veían como si los dos estuviesen bailando vals a un ritmo que sólo ustedes conocían. En algún momento recordé como se sentía eso. Cómo es que estar cerca de esa persona te da un calor interno involuntario, una alteración sistémica en nuestras pupilas, una leve alteración en nuestro flujo sanguíneo. Un día, así como así, te volví a ver, llorando, en una banca, sin que te importara la lluvia. Me acerqué, dudoso, temeroso de entrar en el mundo de alguien a quien había llegado a admirar, sin el valor de decirle cuánto significaba para mí. Estuvimos ahí horas, la semana siguiente otras horas más y, eventualmente, cuando pasaron algunas semanas, habíamos llegado a la conclusión racional de que era el momento de ir por un café juntos.

Sentados en una esquina de la Condesa tratábamos de entender por qué te sentías tan sola, por qué el amor no es suficiente para algunos. Buscábamos explicaciones en la literatura, en la psicología, en la semiótica. Hacíamos uso de nuestro cerebro para ocultar nuestro gran defecto: decir que sí a los sentimientos muy rápido. ¿Incomprendidos? A veces. ¿Enamorados? Relativamente pocas.

Lamentablemente esas pequeñas cicatrices parecían permanentes en nuestros corazones. Estoy segura que cuando estemos muertos, podrán ver las marcas que algunas personas dejaron en nosotros – ahí sobre la mesa de autopsias. El café se fue terminando, sorbo a sorbo, cada explicación que encontrábamos y validábamos con la sobre racionalización del amor, hacía que nuestros cuerpos se fueran buscando, acercándose hasta poder saborear la bebida del otro en nuestra propia boca.

Al besarte sentía que no era yo el que lo hacía, era mayor mi preocupación por aquellas cartas en tu cajón, esos recuerdos que me habías contado, ocultabas en tu closet. Esos besos sabían a olvido y a desesperación. Tus manos dentro de mi pantalón estaban frías. Aun cuando buscaban el calor de mi cuerpo, creí que tocaban a alguien más. No espero usarte para olvidar, simplemente no quiero estar sola hoy, simplemente necesito saber que sigo sintiendo algo, que hay alguien a quien le importo realmente. A pesar de tus palabras yo seguía sintiendo cómo tu cadera estaba acostumbrada a su forma, cómo tus brazos esperaban una caricia distinta, cómo tu pecho no reaccionaba a mis provocaciones, cómo tu piel esperaba otra lengua en tu vientre.

Nos movíamos entre sombras de olvido, entre sábanas de recuerdos, entre falsas esperanzas de sabernos acompañados por las noches. Cada gemido de placer parecía fingido, a cada rictus le faltaba llegar al clímax, a ese punto máximo, al que lleva más la mente que los sentidos. Aun cuando tus manos jalaban mi cadera con fuerza, buscando que no saliera de ti, aun cuando tomabas mis labios entre los tuyos mientras ambos terminábamos una y otra vez, había una sensación de abandono entre tus muslos, había un espacio entre los dos que no se llenaba con un cuerpo en tu cama.

El amanecer nos sorprendió con tus piernas enredadas en mi cuerpo, con mis brazos atrapándote en un amarre que se asemejaba mucho a lo que buscábamos sentir. Nuestras miradas se cruzaron lentas, tratando de entender quién era la otra persona con la que estábamos despertando. Pude ver un resquicio de pudor en tu rostro, el cual olvidaste cuando te besé en la mejilla. Respondiste de la misma manera, tierna, directa y luego me susurraste – creo que ya no deberíamos jugar más al amor tú y yo, no quisiera que fueras otra cicatriz más en mi cuerpo.

A la mañana siguiente, café

Maridaje: What about Me? – Moving Picture

Creí que la noche en tus ojos iba a ser larga, que  iba a mantenerme buscando entre nuestros olores a dos corazones que se encontraran cara a cara. Eso era lo que esperaba cuando llegamos a tu casa. Trataba de ocultar mis ganas de tomar tus brazos entre mis manos y que acercaras tu boca a la mía. Era una de esas noches en donde mi voz me pedía irme y ya no seguir acercando mis besos a la comisura de tus labios. Dejar de escuchar tus palabras que me prometían desayunar juntos, de continuar con el café en el que nos habíamos quedado de ver durante la mañana siguiente.

No tengo la costumbre de cerrar los ojos cuando beso, me gusta ver cómo me disfrutan, como entra el sabor directo a su organismo, ver cada mueca de placer, de remordimiento, de resignación. Me gusta que me muerdan un poco, suave, jugando, insinuando que me desean más. La verdad es que me gusta que me besen con ganas, con amor, como si de eso dependiera su oxígeno, de esas respiraciones que van y vienen. Sentir que con el aliento del otro podríamos vivir sin respirar por nuestra cuenta. Tú no besabas así, besabas tosco, rudo, queriendo pasar rápido al paso siguiente. Tus manos buscaban por debajo de mi blusa aún antes de que las mías estuvieran jugando con tu cabello.

Trataba de controlar tu pelvis que se movía frenética, cambiando de posiciones cada vez que se te antojaba. Te pedía ritmo, cadencia, suavidad, en cambio tú buscabas impresionarme con penetraciones profundas que no me lograban complacer del todo. Me hubiese gustado ser más clara en ese momento, comentarte que lo que me importaba era que sintiéramos, que disfrutáramos, que no había prisa, que podía quedarme toda la noche. No lo hice porque sentía que arruinaría el momento, que tu intento por darme placer era suficiente justificación para mantenerme callada, gimiendo de vez en cuando, más por compromiso que por sentirte.

No necesariamente estaba esa noche contigo por tu cuerpo, ni porque tuvieses un tamaño arriba del promedio de mis compañeros anteriores, lo hice porque en tus palabras me dabas una cierta confianza, una satisfacción de ser como soy, un calorcito interno que se mezclaba con pequeñas mariposas. En el café te acercabas, jugueteando, rozando mis brazos, me mirabas profundamente a los ojos – queriendo desnudar mi alma, no sólo mi cuerpo.  Después de eso, todo fue físico, todo se tornó impersonal, completamente sexual.

Me pedías que te avisara cuando estuviera lista, porque te hacía sentir tan excitado que querías que acabáramos juntos. Fingí, lo admito, como he fingido muchas veces, no sólo en el sexo – me he acostumbrado a imitar el amor, a imitar los orgasmos, a engañar a la gente con que estoy bien, cuando realmente quiero estar en mi cama llorando a ríos. No niego que finjo, pero tampoco me arrepentí, cuando te giraste para darme la espalda y te quedaste en esa posición toda la noche.

Me levanté antes del sol. Me di cuenta de un lunar en tu espalda, que me observaba desde la noche anterior. Te di un beso sugestivo en el cuello.

-¿Ya te vas? – preguntaste.

-Sí, ya es tarde – te respondí tratando de quedarme, de que me abrazaras antes de que terminara lo nuestro.

-¿Quieres que te pida un taxi? No está difícil salir.

-No, no hace falta – la promesa de un desayuno, de un café que nos quitara el sueño, incluso de un beso de despedida se desvanecieron cuando me di cuenta que ni siquiera te levantarías a despedirme.

Busqué mi ropa a tientas en el piso de tu cuarto y salí  sin mis tacones puestos para no hacer tanto ruido. Llegué a la esquina de tu casa a un café que estaba apenas abriendo, pedí un americano, para quitarme el mal sabor de la noche. Me duró hasta que llegué a mi cama para dormir un rato más.

Mi proxima vez seré más clara en lo que me gusta: que me besen, que me abracen, que me lo hagan con ganas y suavecito, a veces….

Café por horas

Maridaje: De cara a la pared – Lhasa de Sela

Las paredes podrían haber contado miles de historias. Tenían restos de pintura vieja, una mezcla de colores que nos remitían a la posibilidad de la promiscua participación de los muros en más de un encuentro casual. No esperaba menos para un lugar que habíamos encontrado en nuestro trayecto, al parecer errático, en busca de un lugar en donde no nos sintiéramos obligados a quedarnos. El deseo incrementándose cada vez que, de forma sutil y practicada, rozaba mi mano contra tus piernas, tras de mover la palanca de velocidades. Habíamos decidido vernos en un café sobre Avenida Chapultepec, no conocía en ese entonces ninguno por esa zona, así que dejé que tu guiaras mi paladar.

Pudiste gritar, pude disfrutarte, pudimos vernos temer a lo que nuestros ojos decían, cerrándolos cuando el otro los abría, abriéndolos para mezclar placeres y gustos, besos y deseos. Perdíamos el control a veces, aunque otras, teníamos que mantener nuestros sentimientos a raya, después de todo, era sólo una noche, era simplemente porque debía de pasar, teníamos que hacerlo, nuestros cuerpos nos obligaban. Ahí parados, ante una ventana que dejaba entrar un poco de la luz de la calle, intentábamos quitarnos la ropa como si estuviésemos escuchando una melodía con tonos que alternaban entre lo frenético y lo típico. Quizá sea un reflejo de lo que nosotros somos – dijiste para ti, pero en ese espacio tan reducido entre los dos, pude reflexionar lo mismo.

Podía sentir las historias gestándose en el centro de esas cuatro paredes, en esa cama con los resortes vencidos, en las colchas de nailon que han sentido miles de pieles, millones de litros de sudor y toneladas de otros fluidos, a los que pronto se agregarían los nuestros. Una vez que habíamos tomado la decisión de continuar con nuestro juego de atracción, con nuestra mascarada de templanza y erotismo. Debajo de la ropa, en la desnudez de un cuarto que pedía sexo, nosotros queríamos amor. Lo poco que restaba de mi expresso se enfriaba mientras, gota a gota nuestros cuerpos se mezclaban, entre besos sin claro significado, entre sabores que dudaban si mantenerse en el cuarto o permanecer en nuestras bocas cuando nos dijéramos adiós.

La única manera de ser directos, es serlo, no necesito que me enamores con frases vacías, ni que me digas que mis ojos se ven más bellos bajo la luz del café – sólo necesito saber que no hay amor, que entre nosotros todo era deseo, que terminando contigo podré seguir con mi vida y no volverás a estar en mi mente – que no me dejarás, porque nunca estuviste conmigo. Sorbo a sorbo íbamos acercándonos más, yo jugando a seducirte, tú, tratando de mantenerte firme en tu búsqueda de una historia de una noche.

Te tomé de la cadera, lejos de la cama, sobre una de las paredes, con el papel tapiz desgarrado, con la pintura maltrecha, con tus dedos haciendo mella en las miles de manos que alguna vez clamaban sólo buscar pasión por la noche, por las horas que pagaron, por los encuentros momentáneos. Cada que nos movíamos la luz iba y venía de tu rostro, entre jadeos y respiraciones te tomaba del pecho, bajabas una mano a mi pierna, mientras la otra te ayudaba a mantener el equilibrio. Además de nuestra respiración podía escuchar tus uñas rozando contra el trazado del muro, dando un ritmo un tanto tribal a nuestro ir y venir.

Ni siquiera habíamos levantado las sábanas y, aun así, el lugar parecía desordenado, oscuro, sospechoso, trataba de alejarnos de ahí, después de habernos dado sólo lo que prometía, unas horas de placer, sin amor, sin cariño. Eso prometes tú también – dijiste al cerrar la puerta tras de nosotros y caminar, sin tomarnos de la mano, el corredor que nos llevaría hacia la salida.

Introduciéndome – Valerotica

Maridaje: The Weeknd – The Morning

No espero encontrar el amor entre sábanas. Hay días en donde simplemente tengo ganas. Me gusta que me toquen, suave, lento, despacito y con cuidado, hasta que mis poros están tan abiertos que exudan deseo, ahí es cuando cualquier hombre debería de entender que debe besarme sólo una vez más y luego empezar a quitarme la ropa interior, mojada de tanto que ya hemos jugado. Lamentablemente he encontrado pocos hombres que entienden de sexo, los más son unos brutos neandertales con una fijación excesiva en la penetración precoz y el placer inmediato. Los menos, son aquellos que entienden que a una mujer hay que cortejarla hasta la cama.

No me gustan los hombres que se andan con rodeos mucho tiempo, si me quieres besar, mírame a los ojos y decídete. Me parece que hemos jugado tanto con el romance, que hemos perdido de vista el placer. No están peleados, pero tampoco son inseparables. Hay un momento en donde nosotras debemos de entender que para ellos, el sexo puede ser sólo sexo. ¿Por qué no jugar con las mismas reglas?  La respuesta de muchas de ustedes será: porque nos enamoramos. Lo entiendo, lo comparto, pero creo que nos estamos perdiendo de la mitad del pastel cuando les damos el poder a los hombres de ser los únicos que pueden no involucrar los sentimientos en la cama.

Para las mujeres, este espacio será para explayarme sexualmente, al pene le llamo pene, a la vagina: vagina, al sexo: sexo, al amor: amor y a los hombres, pues para ellos tenemos una cantidad inmensa de adjetivos que, estamos de acuerdo, aplican a los cerdos, bastardos, engañadores, cabrones, hijos de su tal por cual, pero, sin duda alguna, muchas veces vale la pena poner el corazón en la raya por los malditos. Aunque sea sólo por una noche.

Para los hombres: no sean ustedes tan cortos de mente, imbéciles, desesperados y recuerden que nosotras somos ese helado tan deseado que se está derritiendo (sí, muchas veces por ustedes), pero es responsabilidad masculina lamerlo, quererlo, desearlo y, por supuesto acabárselo. Yo pido que me laman, que me besen, que me deseen, que me pidan hacer cosas que no se atreverían a hacer con sus esposas, novias o pretendientes. Prometo no demostrar que me estoy enamorando, por el bien de ambos.

No puedo asegurar  que habrá café en todas ellas (lo siento por el leif motiv del blog). Lo que les aseguro es que pasarán un buen rato conmigo, si es que me aguantan el paso (guiño, guiño) y los dobles sentidos.

Encuéntrame en Twitter como @valerotica

Descanso de Café: Seis sesiones de sexo

Hoy Caferótica hace una breve pausa para recomendar una excelente película: Seis sesiones de sexo.No voy a hacer un análisis cinematográfico de la misma, no es el espacio para ello, aun así, les doy unos pequeños puntos para que la vean: un guión extraordinariamente inteligente, actuaciones magníficas de todos, un ritmo dinámico y mezcla de romance, comedia y drama. Además: el sexo vende….ya lo verán con el desnudo de Helen Hunt.

seissesiones

En un inicio, este blog nació como terapia, como un ejercicio para aprender a entender todos esos sentimientos generados de las relaciones sexuales. Aun cuando sigue funcionando como una especie de estudio antropológico y psicológico de nuestros deseos más carnales, también es un reflejo de las interacciones que vienen acompañando las historias de café, las historias de una (o varias) noches. Seamos sinceros, tanto hombres como mujeres nos arriesgamos cada noche que compartimos las sábanas de los hoteles, los colchones de nuestras casas y uno que otro café, nos arriesgamos a despertar confundidos, encariñados, enamorados. ¿Por qué? Aún no lo sé con certeza, lejos de una explicación reduccionista sobre la manera en la que estamos educados, no tengo una respuesta mejor.

En lo particular me he encontrado con un mundo de sensaciones que no podemos identificar ante la presencia de la urgencia física, la vista se nos oscurece y nos cerramos al placer inmediato, sin detenernos a reflexionar sobre la profundidad de las sensaciones más elementales: una caricia que nos hace retorcernos, un leve respiro en la nuca que nos recuerda otra noche o un beso casual que nos transporta a nuestra primera experiencia sexual.  Este ejercicio “teórico” al que me he sometido me ha llevado a entender muchas conductas que tenemos cuando estamos desnudos, en pareja, aun cuando sea sólo por una noche, pero mientras más me he adentrado en la psique, más dudas han ido saliendo. A veces los cuestionamientos vienen en forma de una barrera emocional, otras, a una transferencia y conexión de sentimientos y experiencias.

Por eso hoy les recomiendo que vean esa película – vayan solos o acompañados, con ganas de reír y de llorar, con deseo de terminar de verla e ir a sus casas a tocar a la persona que tienen en su cama, con suavidad, con cariño, compartiendo lo íntimo del momento y, de preferencia, después de leer este blog y haber tomado el café que deben de tomar.